Reclutamiento laboral

Entrevista
Foto: Tim Gouw on Unsplash
Lissette Sutton

De los siguientes cuatro adjetivos vas a ponerle una palomita a la palabra con la que más te identifiques y un tache con la que menos: Valiente. Bonachón. Perseverante. Inquieto. Después vas a dibujar en estas dos hojas blancas una figura humana completa, anotas el número uno en la primera página y el dos en la segunda y dibujas el género que no hayas escogido primero en la segunda hoja. ¡Ah, se me olvidaba! vas a contar la historia de esas figuras al reverso de la página.

Valiente, bonachón, perseverante, inquieto. Valiente, bonachón, perseverante, inquieto. Te dan ganas de preguntar que si con la que más te identificas en este preciso momento o hace dos años, o cinco minutos antes de llegar a esta jodida cita. Valiente te sientes ahora por estar sentada ahí con ese par de ojos encima de ti y no salir corriendo, pero pensándolo mejor; bonachón, es un adjetivo que va más con tu personalidad. Jamás le has hecho mal a nadie (bueno, además de la partida de madre que te estás metiendo a ti misma en este instante) ¿A ver, con quién te has visto ojeta en la vida?… Bonachón será. Aunque siendo honesta, lo que estás demostrando ahorita es una perseverancia que desconocías en ti. Palomeas inquieto. Es la neta; en este momento te pican las nalgas, se te entierra el calzón y sigues arrugando el kleenex hecho bolita, empapado del sudor de tu mano izquierda porque no te atreves a tirar el chicle que te metiste en la boca antes de entrar a la pinche entrevista. Esperas un minuto a que ese par de anteojos se desvíen, o por lo menos se empañen, para poder escupir el chicle en el kleenex de un sólo movimiento, pero nada. Fijos en ti.

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Agarras las hojas blancas, su candor te deslumbra y entrecierras los ojos. Los abres. Piensas que va a creer que tienes sueño, que estás cansada y eso que hoy sí desayunaste antes de la entrevista. Dibujar una figura humana. Mientras sonríes hipócritamente, balbuceas medias frases incoherentes sobre tus escasas aptitudes de dibujo. Sabes que nada te salvará, dejas de intentarlo. Empiezas a trazar medio círculo en el centro de la hoja. No sabes mucho de psicología, pero en este momento todos los conocimientos que has recogido por aquí y por allá sobre la materia te empiezan a martillar el cráneo: centra el dibujo o van a pensar que eres de extrema derecha, lo suficientemente grande para denotar autoridad pero que no lo vayan a confundir con prepotencia. Acuérdate de ponerlo “completo”, si te faltan los oídos van a deducir que eres pésima escuchando. Los ojos grandes para que parezca que… El taladro sigue y sigue, no se detiene ni cuando volteas el lápiz para borrar (¡Ah, porque eso sí! llegandito te dan tu lápiz, una goma y un sacapuntas. No sabes si lo usan como un arma para bajar tu autoestima pero seguro funciona como tal.) Al cabo de 24 minutos de estar borroneando y rectificando, contemplas tu obra: una niña con los ojos extremadamente rasgados y el cuerpo con un pierna del hombre elefante, pero eso sí, con agujetas en los zapatos para que vean que lo que se dice detallista, sí eres. Hoja dos: un niño con la misma técnica del barroco elefantino, sólo que con el pelo más corto.

Ahora viene lo tuyo: la historia. Lo gozas, vas a sacarle jugo. Tu imaginación empieza a darse vuelo, te preguntas de cuántas páginas habrá que hacerlo, pero recuerdas que dijo: “Y al reverso del dibujo pones su historia” entonces empiezas a dudar y le pones freno de mano a tu mente. Su historia, ¿o sea quieren tu historia o la historia del personaje? No me jodas, sabes que lo que quieren es tu historia a través del personaje y sabes que aunque cuentes otra historia la van a interpretar como tu historia. Para esto son las pruebas psicológicas, ¿no?, todo lo que digas será i-n-t-e-r-p-r-e-t-a-d-o en tu contra. Entonces claudicas. Si ya tienes todas las de perder por lo menos dejar en claro que tu venías por el puesto de maestra de literatura. No se te ocurre mejor manera de dejar constancia de tus dotes y escribes la historia sobre un jefe de intendencia y su ardua labor multiusos en la hoja número dos y la de Mariana, la niña rebelde de 2° de prepa que vomita la escuela, en la hoja uno. Relees tus historias y te congratulas por haberles dado una voz tan convincente a tus personajes. Todo está dicho. Ahora sí, lo único que te falta es corregir el teléfono y la dirección de tu Currículum. Inventas un número ficticio al tiempo que te disculpas de que se te había olvidado cambiar tu nueva dirección. Sales de la oficina de recursos humanos.

Esperas a que no te llamen.

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