Regreso a clases

Regreso a clases
Foto: Jake Ingle on Unsplash
Profesor Doval

Dado el curso natural de la vida, los milleniañs llevan rato reproduciéndose. Ello no importaría si no fuera porque ahora tienen a su cargo la educación de ciudadanos potenciales. Esto es grave por la sencilla razón de que los milleniañs son estúpidos y, por ende, son incapaces de educar a nadie.

Acabo de ver un afiche publicitario de una reputada tienda departamental. El anuncio advierte de que se avecina el regreso a clases. Una escuincla ocupa el centro del cartel y luce exageradamente alegre como para encarnar a una niña que está a punto de volver al colegio (ya se ve que el publicista es milleniañ). Está envuelta por efectismo gráfico de muy mal gusto. La mocosa en cuestión, por supuesto, es aria.

De esta escueta descripción se pueden obtener dos conclusiones. La primera, que la tienda departamental sabe que los papás milleniañs son estúpidos. Por eso les ofrece aditamentos cuyo uso es insólito para niños de primaria –por ejemplo, unas plumas que Le Corbusier consideraría estrafalarias– a unos precios igualmente absurdos. La segunda conclusión es que los papás milleniañs ignoran por completo que su responsabilidad educativa. En vez de empeñarse en formar ciudadanos, ponen todo su esfuerzo en adiestrar a la nueva generación de influencers o cómo se diga.

Quisiera detenerme en esta última consideración a la luz de un apotegma pedagógico clásico: los niños imitan a sus padres. En el caso de los papás milleniañs, el asunto de la mímesis es muy serio. Voy a intentar explicarme. Los milleniañs son inofensivos sólo en apariencia. Su presencia cada vez más propagada en núcleos sociales es altamente nociva por dos motivos: 1) se conducen como si fuesen piezas de relojería fina y 2) creen que deben vivir según un criterio de popularidad, como si fuesen un producto a la venta.

De lo primero sólo diré que todos hemos sido víctimas de milleniañs que suponen que no hay nadie más que ellos en el mundo: chocamos con ellos en la calle, los vemos rodar por precipicios o irse de bruces por tener la mirada fija en el teléfono.

Al respecto de lo segundo debo explicar que el fenómeno de verse a uno mismo como si uno fuese un ídolo de masas es un error de principios muy severo. Los milleniañs han poblado los servidores de Palo Alto, en California, con sus caras, replicadas en millones de fotografías, todas ellas idénticas entre sí. Puedo respaldar esta afirmación que acabo de hacer con el caso de las mujeres milleniañs. Vaya a la cuenta de instargam o cómo se diga de alguna mujer que conozca. Ahora, entre a otra. ¿Vio? Gestos de felicidad absoluta. Estrafalarios platos de comida. Viajes paradisiacos a destinos en el extranjero. Y, en medio de toda esa dicha, la cara de la dueña de la cuenta esa multiplicada por miles.

Esta conducta irracional, que de por sí ya es dañina, se torna criminal cuando el milleniañ empieza a exhibir a su hijo en el inmenso ventanal de internet. Gente que sí sabe del asunto ha escrito mucho al respecto de los riesgos que corren esos chiquillos. Sin embargo, yo sólo voy a resaltar aquí la enorme deformación de la cabeza de los mocosos que, a su corta edad, ya posan ante el teléfono de mamá cuales Claudias Schiffer. Ellos están creciendo a la luz del espejismo de que están obligados a someterse al juicio y a suplicar su aprobación. Por si fuera poco, el aplauso de las multitudes digitales depende de si los niños se ajustan a un patrón homologado: todos idénticos. La crueldad de este adiestramiento sólo es comparable con la matanza que ordenó Herodes.

Con la vuelta al colegio en puerta, pronto seremos testigos de un desfile de minions nebulosos, indistinguibles unos de otros. En la víspera, cientos de papás empeñarán las joyas de la abuela para comprar el artefacto digital de alta gama indispensable para que el mocoso tome notas. El uniforme escolar que antaño portábamos asqueados ha dado paso a una uniformidad más grave: la de la cabeza.

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