Regreso a clases

Primer día de clases
Foto: Feliphe Schiarolli on Unsplash

Ni cómo olvidar ese primer día de clases en el que lo primero que hacíamos al llegar a la primaria o secundaria era revisar con ansiedad la lista del salón al que te habían asignado. La cara se te iluminaba según ibas encontrando los nombres de tus mejores amigos, los que casi seguro dejarían de serlo si ya no compartías el mismo grupo, comprobando que la cotidianeidad es uno de los principales elementos de cohesión social e interpersonal. Acto seguido te formabas por estaturas en el espacio reservado para tu salón en el inmenso patio, indicado por ese chaparro compañero que cargaba en alto un palo con un cubo en la punta donde se distinguía con claridad el correspondiente número. Continuaban los honores a la bandera, la que era llevada por una escolta que a leguas se veía había perdido la práctica por los muy escasos dos meses y medio que nos daban de vacaciones, que se iban tan rápido como los últimos metros del papel higiénico. Seguramente previendo que lo mismo ocurriera con la “banda de guerra”, las autoridades preferían ese día utilizar una grabación para hacer la musicalización apropiada.

El programa preveía una rápida bienvenida a cargo del Prefecto, quien pronto cedía la palabra al Director del plantel, quien tras leer su optimista discurso daba a su vez el turno a la funcionaria de la Secretaría de Educación Pública designada para inaugurar oficialmente el ciclo escolar. Tengo la impresión que toda mi primaria y secundaria esa funcionaria fue una tal “Licenciada Janetti”, quien creo hizo lo propio también con mis hijos. Me da un poco de miedo imaginar que cuando en unos años acompañe a mi nieta a su primer día de clases, siga siendo esta misma servidora pública la que inaugure los cursos y su participación inicie con una voz cascada que diga “…y la Reforma Educativa se ha derrumbado” …. aunque claro, las posibilidades se reducen ante los despidos masivos que han ocurrido y siguen pasando entre los trabajadores gubernamentales; en una de esas a la Janetti se la llevó el recorte.

Mientras todo esto ocurría uno permanecía en posición de firmes estudiando al nuevo profesor “Titular”, quien se paseaba entre sus nuevos alumnos de modo semejante a como lo hacen los comandantes de un escuadrón de asalto, según he visto en innumerables películas. Uno evitaba voltear hacia el conglomerado de padres agolpados en las orillas para no correr el riesgo de cruzar miradas y recibir un saludo eufórico seguido de una mano con el pulgar arriba. A los pocos segundos de haber terminado de cantar el himno nacional, pasábamos ordenadamente a los salones a recibir un titipuchal de instrucciones sobre temas tan variados como la forma para hacer uso de la palabra o pedir permiso para ir al baño, la manera de calificar cada materia, los días para participar en el selectivo para representar al salón en futbol, vóley y básquet, las reglas para utilizar el “espiro” que nos tocaba o las portadas y márgenes de colores a poner en todos los cuadernos y libretas, en donde una constante eran el nombre, la fecha y el número de lista, el que tenía una importancia casi tan grande como la cédula profesional para un médico o un ingeniero. Recuerdo que en 1º de primaria durante varias semanas identificábamos y nos referíamos a nuestros compañeros por su número de lista, como si nunca se les hubiera dado un nombre y un apellido. Yo era el 29. Un diálogo como el siguiente no era extraño en la época a la que me refiero: “mamá, ¿puedo invitar a comer a la casa al 16 y al 22?”.

Poco antes de concluir el primer día recibíamos indicaciones respecto de los libros e instrumentos escolares que podíamos dejar en el pupitre (hacía diez mil años que no usaba el término), lo que liberaba enormemente el peso del “equipaje” con el que habíamos llegado en esa primera mañana, similar al que la leyenda le atribuye a María Félix en sus varios viajes de luna de miel. Los que utilizábamos el transporte escolar salíamos unos diez minutos antes de los demás, en donde nos reuníamos con un grupo adicional de amigos. En la primaria me tocaron los camiones 5 y 11, mientras que en la secundaria no había un número predeterminado, pues volvía a casa en transporte público: la famosísima ruta del “Popo Sur 73”.

Los primeros días de clase de mis hijos los recuerdo también con mucha claridad, mereciendo un capítulo aparte los relacionados con el kínder. Particularmente me acuerdo del primer día en el 4º de primaria de mi hijo Yeyo, quien había estado casi todas las vacaciones conmigo, convenciéndome en ese tiempo que lo llevara con Hilda (nuestra eterna estilista) para que le decolorara el cabello, creo que inspirado por Antonio Mohamed, el “Piojo” y demás integrantes de los Toros Neza. Le quedó un tono que no creo que exista ni en Suecia o Noruega. Al volver por la tarde y sin esperar a que le preguntara cómo le había ido en su primer día de clases, arremetió en mi contra reclamándome cómo era posible que le hubiera dado permiso de hacerse semejante “look”, el que mereció la burla pero también la envidia de algunos de sus compañeros, y sin duda la enérgica instrucción de su Titular para que al día siguiente no se le ocurriera regresar con ese pelo que más correspondía a quien padece el trastorno genético conocido como albinismo. Ni modo, hubo que raparlo “a coco”. Siguiendo el caminito su hermano Santiago me pondría también tremenda regañiza años después por haber caído en la irresponsabilidad (sic) de haberlo llevado junto con sus hermanos mayor y menor al concierto en el Foro Sol de Korn y Linkin Park, en donde de algún modo participamos en una simpática guerra campal en donde se aventaron “gallos”, elotazos, vasos, refresco y cerveza, o algo que se asemejaba visualmente a esta bebida de cebada pero con un olor más fuerte.

Me quedan aún dos hijos adolescentes, la primera de la cuales cursará el 3er año de preparatoria y el menor el 2º año del mismo grado. Ambos habían estado los dos últimos años con su mamá, sobreviniendo causas de fuerza mayor que los harán vivir de nueva cuenta conmigo. Estoy más que contento, pero también muy nervioso. Para conveniencia de todos pero limitado un poco por los tiempos de los que dispuse para matricularlos, los he inscrito en una escuela que les permite regresar caminando a casa, para lo cual le dedicarán aproximadamente 15 minutos. De cualquier forma trataré de recogerlos diariamente, estando descartado que no sea yo quien los lleve por la mañana. Contrario a como mis hermanos y yo actuamos con nuestros padres, estos hijos….de su…ya comenzaron a manifestar mil objeciones por la escuela que seleccioné. Ella quería una que está a 15 kilómetros de la casa, en dirección al sur, y él otra que está a 13 kilómetros, en dirección al norte. Vaticino que el primer día de clases sea muy parecido al que vivieron cuando ingresaron al kínder. Anticipo también muchas lágrimas, gritos, berrinches y serias dificultades para que logre hacer que entren al colegio. Sea lo que sea, la felicidad me tiene embobado al saber que nuevamente estarán viviendo conmigo este par de mulas, quienes llegan acompañado cada uno con su respectivo perro, cuando yo ya tengo a mi inseparable “More”. Seguiré informando.

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