Sobre propósitos o mejor no

Chritsmas
Foto: JESHOOTS.COM on Unsplash
Karen Karake
Karen Karake

En diciembre la luz es diferente, más luminosa, hasta dorada, como las miles de esferas que decoran los pasillos de los súpers. Mi intención es comprar unas verduras, pero me detengo a observar a unos niños que juegan con unos arbolitos de Navidad botando diamantina mientras su mamá los mira, dudando cuales llevarse. Seguramente yo sería igual. Decoraría mi casa empalagosamente navideña, toallas y cojines rojos con verdes, papel de baño con olor a jengibre y mi árbol lo decoraría cada año de otro color. Sí, mi casa sería como la de Chevy Chase en la película “Christmas Vacation” y quizás pienso así porque no festejo.

​Pasa una señora con el carrito lleno. Parece que va a tener un fiestón. Lleva unos platos con un Santa obeso apretujándose dentro de una chimenea. También lleva los vasos decorados con renos y hasta los platos de servir. Yo solamente venía por verdura, no sé por qué estoy en este pasillo. Debí entrar por la salida, evitar la tentación de comprar cosas que no necesito y que no voy a usar. 

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​Ojalá  fuera Navidad todo el año. Siento que la gente anda contenta, con propósitos nuevos. Los míos son básicamente los mismos que no se cumplieron los años anteriores, por eso cada año mis resoluciones disminuyen. Antes hacía largas listas: bajar diez kilos, criticar menos, adoptar un perro, leer Don Quijote y ser más paciente. Casi nunca logro cumplirlas. El año pasado escribí una sola: “ser una mejor persona” y con eso sentí que abarcaba todo.

​Le deseo felices fiestas a la señora que rebana el jamón, al que me surte las medicinas y a la que me da a probar la leche avena. Me podría pasar diciendo “feliz año” todo el año.

​Se me antoja hacer un pavo. Veo las paveras de aluminio, los termómetros, las latas de arándano y me propongo a buscar una receta fácil o quizás compre un pavo preparado. Cocinarlo es demasiado trabajo y siempre se seca. Me sigo de largo a otro pasillo. 

​ Entre mis propósitos del año pasado estaba ser una mejor persona. Doné más, adopté un perro, critiqué un poquitito menos. No vi tanta tele y leí más, no me quejé tanto, fui más tolerante y comí más sano. Voy pensando orgullosamente en mis logros del año y sin querer le pego con el carrito a una señora. 

“Perdón, señora, disculpe”. Le repito apenada que lo siento, pero es su turno decirme que no pasa nada y desearme feliz año, pero su silencio y su mirada son peor que un insulto. 

​Genuinamente  y por quinta vez le ofrezco disculpas y me contesta, “pues NO, ¡no te voy a perdonar!” Sigo mi camino humillada, rogando que nadie haya visto la desagradable escena. 

​Hay quienes hacen yoga, otras meditan y unas que como yo, necesitamos de otros recursos para sobrevivir en este mundo de gente sin buenas intenciones, sin espíritu navideño. Pero me regreso, la volteo a ver y le saco el dedo pero no me basta el dedo, la insulto y la invito, (porque le digo así): la invito a ser una mejor persona. Se queda ahí parada con la mandíbula tiesa y me alejo deseándole felices fiestas con una sonrisa que no es fingida pues me siento bien! Y decido que este año no habrá propósitos, ese será mi único propósito, ni siquiera pensaré en lo que escribiría si tuviera que hacerlo.

​¡Y me siento muy bien!

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