Spinning sabatino

Síclo
Foto: Twitter Síclo

A mitad de la semana los “top dogs” del portal de Sobrevivientes me propusieron participar el sábado siguiente “en una clase de Síclo”, a lo que en línea con mi natural actitud contesté con agradecimiento y en forma afirmativa. En esa misma postura de fidelidad a mi esencia nada pregunté sobre qué tipo de clase, deporte, ejercicio o pasatiempo era aquello, bastándome intuir el tipo de outfit con el que debería presentarme minutos antes de las 8 de la mañana, que esa fue la hora pactada. No pregunté si se trataba de algo agotador o que requiriera de una condición propia de un competidor “Iron Man”; me bastó saber que mi amigo convocante también participaría para dar por descontado que yo podría fácilmente con el reto (el clásico: “si este güey puede, seguro que no tendré ningún problema”).

De siempre el tema del ejercicio ha estado presente en mi vida, aunque a veces mi figura se empeñe en gritar lo contrario. Cuatro veces a la semana de gimnasio es un promedio conservador de asistencia a esas instalaciones, en cada una de las cuales como parte de mi rutina troto como mínimo 5 kilómetros. Hace como 15 años tomé clases de “spinning” con un rechoncho instructor que nada enseñaba, pero que sin duda es el mejor DJ que he conocido, virtud que combinaba con tremendas dotes de animador, el cual ya hubieran querido para un programa de En Familia. Aún conservo los Cd’s que me quemaba con remixes tipo “Azul” de Cristian Castro, los que provocaban que la clase abarcara también las materias de vocalización y canto. Pues bien, es de spinning de lo que aquí hablo, correspondiendo el nombre de “Síclo” al de la cadena de establecimientos que imparten esta clase, entre otras varias.

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Por mis circunstancias, me conviene pensar que es verdad lo que dicen aquellos que afirman que la edad “no existe” y que en todo caso se “corresponde con la actitud que mostramos ante la vida”. ¡Falso!. Llegar al vestíbulo del local en donde desplegaría mis virtudes atléticas me hizo sentir como el padre que se acerca al cadenero del antro para preguntar si habrá manera de que “voceen” a su hija para hacerle saber que ya llegaron por ella, fórmula que solo logra que la “aborrecente” se tarde una hora más en salir y lo haga con la mirada más escalofriante y mortal que pueda recordarse. Una vez más la presencia de mi convocante mitigó mis complejos e incomodidades, pues él sí que peina ya algunas canas, como diría Martin Urieta en su famosa composición de “Mujeres Divinas”.

Similar a como ocurre cuando va uno al boliche, para participar en la clase debe uno calzarse unos zapatos especiales, que lo son porqué se enganchan a los pedales. La clase transcurre con una luz muy tenue y por momentos en completa obscuridad, en la que solo sobresalen las enérgicas instrucciones de una guapa y atlética muchacha, cuyos gritos en algún espacio me trasladaron a los tiempos en que estuve casado y los regaños se multiplicaban por cualquier motivo (como hombre es mucho lo que se sufre): “¡Más rápido, no flojees!”…”¡no me engañas, estoy viendo que no lo haces bien!”….”¡¿a ver a qué hora!?”……”¡no te sientes, todavía no te he dado la instrucción para que lo hagas!”…… La gran diferencia con ese remoto pasado fue que en este caso también hubo vítores, aplausos y reconocimientos al terminar cada ejercicio. La obscuridad y una desbocada imaginación me llevaron a hacer comparaciones con situaciones políticas que podemos asociar sin problema. Como en estas bicis, el país puja, rechina, suda, suelta esporádicos chillidos, cree ya no poder más tras tanto esfuerzo desplegado…..y cuando abre los ojos, se da cuenta que no ha avanzado un solo centímetro.

La clase me hizo sudar como perro, metáfora equivocada si consideramos que en sentido estricto estos animales no sudan y por ello salivan tanto (babean). Con lo que no contaba, es que si uno realmente se esfuerza y trata de seguir a pie juntillas las instrucciones de la “Miss”, los efectos de esa primera clase te hacen sentir igual a cuando degustas un rico plato de mole negro de Oaxaca. Al principio todo parece estar bien, pero con el paso de las horas o al día siguiente aparece la tragedia: no puedes moverte; te duele todo y descubres nuevos músculos y articulaciones que por no manifestarse antes no los tenías presentes. Auténticamente te vuelves en la réplica de Stephen Hawking, pero sin su inteligencia.

El saldo es más que bueno, al grado que las ganas de volver están vivas y presentes. La experiencia vale mucho la pena. Ir a estas clases es entrar en contacto con excelente música, clima templado, gente agraciada, ánimo por pasar un gran momento, guapas mujeres y cuerpos sudados…… como si estuvieras en verano en Ibiza, la que no conozco, pero gracias a las revistas Quién y Caras tengo idea de lo que hablo.

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