Todo lo que arregla el box

Nueve meses de gimnasio los dediqué diariamente a trotar y a tomar clases de box, el que por muchas razones me parece una de las mejores disciplinas que pueden existir. No solo implica una quema calórica notable y el desarrollo de una buena condición física, aprovechable para prácticamente cualquier deporte, sino incluye también una catarsis excepcional por el golpeteo que se propina al costal, la pera o las manoplas que se coloca el entrenador.

Aunque te vendes las manos o uses unas guanteletas que cumplen el mismo propósito, no se va el asquito que da utilizar los guantes disponibles para cualquiera en ese gran cajón del salón, razón por la cual muy rápido compré los míos. Adquirí unos baratos para no invertir mucho en algo que no tenía la certeza que me gustaría, lo que no fue una buena idea a juzgar por la temprana rotura del guante derecho. Afortunadamente la madre de mis hijos menores había dejado en casa los que usó en una época que practicó el llamado “arte de fistiana” (por “puño” en inglés), los que son muy profesionales, condición que no se demerita por venir en la presentación “rosa mexicano”. Habiendo estado de moda en todos los deportes que los hombres utilizaran un elemento de ese color en solidaridad con la lucha contra el cáncer de mama, sin ninguna pena me puse día tras día esos guantes. En una confidencia hecha meses después que terminara el curso, uno de los compañeros me hizo saber que a mis espaldas y en burla al color de mis mortales instrumentos de combate me decían “La Barbie Juárez”, quien hace no mucho fue campeona mundial en peso gallo. Ojetes. Solo por eso tengo ahora unos viriles guantes color “rojo coágulo”.  

Como a la enorme mayoría de los mexicanos de mi género, me gusta mucho ver el box, sobre todo tratándose de combates en los que algún compatriota contiende por un título. El gusto lo tomé siendo un pequeño niño, cuando veía la emoción de mi papá frente al televisor con las grandes peleas de la época. Observando el agrado que mostrábamos mi hermano y yo por el pugilismo, nos compró unos guantes que nos poníamos con frecuencia, incluidos los días en que había esos combates estelares en donde madrearnos antes, durante y después de la pelea se volvió toda una tradición. Conforme crecí fui puliendo mi “jab” y mi “uper”, mientras mi hermano se sintió muy motivado cuando mi padre le dijo que era un “gran fajador”, calificativo que lo confundió pues a partir de ahí comenzó a coleccionar novias oriundas de esa misma calle cerrada en la que vivimos nuestra niñez y algo de juventud.

Las peleas en mi época infantil las protagonizaban Vicente Saldívar, zurdo pluma que anticipándose al inigualable Julio César Chávez peleó en un atiborrado Estadio Azteca, retirándose de los encordados en 1973 tras la rápida paliza que le tundieron; Rubén el “Púas” Olivares, extraordinario y folclórico peso gallo al que en muchos sentidos le encuentro parecido con el senador Salgado Macedonio; y Miguel Canto, un magnífico peso mosca, que los poquitos kilos algo de emotividad le restan a los enfrentamientos de esta categoría. Especial mención merece José Ángel “Mantequilla” Nápoles, nacido en Santiago de Cuba pero naturalizado mexicano, quien se desempeñó fundamentalmente en peso welter. Recuerdo que muy chavo viví la pelea que tuvo con el argentino Carlos Monzón, promovida por el onírico galán de nuestras madrecitas, Alain Delon. La cita fue en una carpa en París, la que seguimos millones en una televisión que nos permitió atestiguar la enorme diferencia de complexión y estatura en favor del argentino, con la que a la postre le puso una buena madriza al afroamericano. Apropiándose del ambiente de esta pelea Julio Cortázar escribió el cuento “La Noche de Mantequilla”, en el que el combate es relativamente marginal pues la acción se centra en rivalidades y cobro de cuentas entre mafiosos y asesinos. Para que no hubiera dudas sobre la convencida adopción de su nacionalidad mexicana, el mismo año de esta pelea nuestro ídolo hizo la película “Santo y Mantequilla Nápoles en la Venganza de la Llorona”…. hoy se usa la cinta como prueba a favor de los que se oponen a la legalización de la mariguana. 

Aprovechando un cómodo y amplio espacio subutilizado de la casa, instalé hace unas semanas un pequeño gimnasio de box. No hay amigo, hijo o cuate de mis retoños que se resista cuando pasan por este lugar a golpear el costal o la pera, asumiendo casi en todos los casos una guardia bastante floja. Las peleas de la UFC están haciendo que no pocos de los que cruzan por este espacio alternen puñetazos con patadas voladoras, las que acompañan con gritos que parecen copiados a Bruce Lee en alguno de los capítulos de la serie “El Avispón Verde” ……. si es que algún día vieron este programa. Mi hija y sus amigas solo pasean rápidamente su mirada en este centro de alto rendimiento ninja, deteniendo su marcha apenas unos cuantos segundos. Ni tantito interés o curiosidad les genera.

Recuerdo que en la secundaria uno de los maestros era muy bueno para identificar animadversiones entre los que integrábamos esa multitud de alumnos de un Instituto exclusivamente de hombres. Hecho este reconocimiento y antes de que la antipatía creciera, invitaba a los involucrados a tener una pelea de box de tes rounds, de tres minutos cada uno, con guantes, sin caretas de protección y en un ring cuya falta de encordado lo suplían las decenas de compañeros curiosos que no ocultaban con sus gritos sus preferencias. No era importante quién ganara la pelea; después del enfrentamiento los contrincantes casi siempre conservaban sus diferencias, pero ya no se traducían en descalificaciones, groserías, malas vibras y pésimos modos que no dejaban de contaminar el ambiente en el salón. Con estos antecedentes, me pregunto: ¿y si los que traen cargando en la política sus cuitas se ponen los guantes y se surten durante tres rounds? La sugerencia es ampliable a cualquier entorno de la arena nacional e internacional. Nadie espera que sus diferencias desaparezcan o que sus posturas encuentren mágicamente puntos de convergencia, pero sin duda es previsible que su lenguaje denostativo escrito y verbal al referirse unos a otros se ecualice, quitando pesadez a ese ambiente que han moldeado últimamente y al que muchos ya nos estamos cansando. 

Yo les presto el espacio que he acondicionado en mi casa. Nadie se va a enterar. Cuando terminen, dejen las cosas en su lugar y pongan la llave abajo del tapete……. Alfredo Adame y Carlos Trejo, ustedes sí por favor no se aparezcan por ahí.

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