Tranquilidad, imán de las relaciones maduras

Relaciones
Foto: IB Wira Dyatmika on Unsplash

Observar de cerca o lejos el control y presión que muchos ejercen hacia sus parejas, me hace recordar la historia del regalo de las corbatas. Cuentan que a los pocos minutos de haber despertado Sergio, su esposa Gisella lo felicitó con motivo de su cumpleaños, al tiempo que le extendió una caja envuelta para regalo de la que el marido extrajo dos bonitas y coloridas corbatas de seda. Como correspondía, observó emocionado y con detenimiento las corbatas, las frotó alternadamente en sus mejillas para disfrutar la suave seda, y agradeció con muchos aspavientos a Gisella por tan bonito presente, sabedor que ella esperaba una reacción semejante.

Acto seguido Sergio se metió a bañar, saliendo un rato después de la regadera para ponerse el traje que habría de lucir en un día tan especial. De excelente humor tomó una de las corbatas que le obsequió su esposa y comenzó a anudársela, justo cuando entró Gisella al cuarto. Tras percatarse que se estaba poniendo una de las dos corbatas que le regaló, con actitud que entremezcló desilusión, desencanto y enojo, le reclamó con firme voz: “¿¡por qué no te pones la otra?!… ¿¡qué no te gustó!?”.

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La historia parece inocua, pero está lejos de serlo. Quienes se ubican en la madurez y aún mantienen el interés por encontrar una pareja con la cual transitar la última parte del trayecto, en la búsqueda planeada o accidental que han emprendido podría apostar 100 a 1 que se han topado con hombres y mujeres cuyo afán por controlarlo todo rebasa los límites de la imaginación, dejando constancia que la toxicidad que conlleva algo semejante no es imputable a un género. En las calles andan sueltos hombres y mujeres con irrefrenables deseos por “moldear” a esa nueva pareja, en lugar de permitir que cada quién fluya y se conduzca conforme a sus deseos, valores, historia y perspectivas. 

Permitir esa libertad facilita en enorme medida saber a quién se tiene realmente enfrente, lo que no se consigue si se ejerce coerción o se busca inducir sutil o abiertamente en el comportamiento del otro. Ya bien identificado o identificada, según sea el caso, podrá cada quien corroborar cuán empático resulta frente a ese listado de virtudes que nos son imprescindibles, o ante el relativo a los defectos que nos son inaceptables. Forzar por ejemplo a que una mujer sea productiva, emprendedora y autosuficiente, cuando lo suyo tiene más que ver más con el desarrollo de su vida social o familiar, será un tiempo tan desperdiciado como el de ese bebé que trata de meter en el interactivo de Fisher Price un triángulo, en el espacio destinado al círculo. 

Hay que dejar fluir al otro y saber descubrir si cubre o no el perfil básico que esperamos de la pareja, punto de partida para mejorar, que no para transformar. Algo contrario me hace recordar mi lejano paso por un área de recursos humanos, en donde el gasto en cursos de inglés en distintos niveles era algo de llamar la atención. Era entonces cuando pensaba: ¿y no será más fácil contratar gente que domine el inglés, en lugar de gastar tiempo y dinero en clases especializadas? Pues así en esto de las parejas maduras. ¿No es más fácil abrir la puerta a quien tenga las características esenciales que queremos, en vez de forzar a la pareja en ciernes para que haga suyos esos atributos y los ponga en práctica?

La madurez nos impone una encrucijada, por la cual debemos saber combinar nuestras creencias con cierta flexibilidad hacia el cambio o distintas formas de entender la vida y actuar en ella. En uno de los extremos se situaba mi amigo Eniac, quien muy plantado decía que él, “a los 40 años, ya sabía con qué tipo de persona quería interactuar, no gastando un segundo de su tiempo en conocer a nadie que se saliera de ese muy ajustado marco referencial”. Del otro lado está quien cree, justamente amparado en su madurez, que es capaz de recibir a todo mundo en esa mente y corazón abiertos que dice haber construido con el paso de los años y las experiencias. Ni uno ni otro. Hay que tener claro qué es lo que se quiere y espera, pero también es imprescindible desarrollar una parte de razonable apertura hacia lo que no embona a la perfección en nuestros estándares.

Estar en los 50´s o arrancando los 60´s nos debe dar claridad que el árbitro central ha dado por terminado el tercer cuarto y que estamos iniciando la parte final del encuentro. Discutir no está mal, pero sí pelear. ¿En verdad tenemos ánimo para a estas alturas pelear gran parte del tiempo? ¿Realmente estamos dispuestos a seguir sosteniendo pequeñas y grandes luchas de poder o competencias estériles? ¿Queremos a estas alturas decirle a otra madurona cómo vestir, cuánto tomar,cómo peinarse y cuáles de sus amistades son aceptables; cuándo sí y cuándo no ponerse unos pants; o cuánto han de durar y cómo deben ser las sesiones de besos? ¿No será mejor saber qué tipo de pareja queremos, y al mismo tiempo desarrollar entendimiento y tolerancia hacia las cosas que en verdad no son tan importantes?

En alguna época tuvo cierto chiste la intensidad en las relaciones, donde azotar el teléfono, mandar un incendiado mensaje o destinar gran parte de la noche o madrugada a argumentar y contra argumentar generaban buenas dosis de adrenalina, que se evaporaban con los encantos de la reconciliación. Pensar en ello hoy en día genera una inevitable y entendible hueva. Lo que hoy corresponde y se apetece es una relación en el que la tranquilidad y el sosiego sean los signos distintivos. Qué maravilla imaginar ver cómo pasan las semanas sin que algo detone el pleito o como mínimo el enfado, lo que no quiere decir que no han de tenerse contratiempos…es en la forma de abordarlos donde está el detalle de distinción, como era el eslogan de los calcetines “Donelli”.

“Y es que” (dirían en Palacio) a estas alturas cobra más relevancia que nunca esa idea de lo que debe ser la aspiración en una pareja, tomada de una colaboración de Carla Ruiz de Chávez para este mismo portal: “una relación de pareja es una amistad con momentos eróticos”…..y no tantas otras cosas.

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