¿Tú o usted?

Mature man
Foto: Ruthson Zimmerman on Unsplash

Hubo una época, cada vez más lejana, en la que nos agradaba que el mundo formal y adulto se refiriera a nosotros de “usted”. Parecía que al hacerlo nos reconocía como personas serias y responsables, merecedoras de todos los respetos imaginables. En esos primeros trabajos desarrollados en la parte baja de nuestros “veintes”, tomábamos a mal el que nos tutearan en la oficina quienes no se permitían esa licencia con los que ya habían llegado a los cuarenta. Ni porque no nos quitábamos el traje para nada.

Conforme hemos ido cumpliendo años las cosas se han ido al otro extremo. Que ahora nos “usteden” podemos interpretarlo ya no como una muestra de respeto, sino como el establecimiento de una barrera imaginaria que divide a la humanidad en dos, situándonos en el grupo de la gente muy mayor. Sin duda el proceso de razonamiento del que así se refiere a nosotros es mucho más simple, pero nosotros hemos de darle una interpretación compleja y elaborada, lo que confirma que lo correcto es que nos sitúen en el segundo bloque. 

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En los entripados que nos pueden provocar, poco o nada importa que la historia de los modales en la humanidad haya reservado desde tiempos inmemoriales el “usted” para personas con una alta jerarquía, como podía ocurrir con Su Majestad, Su Santidad o Su Señoría. Esto nos vale madre, porque sabemos que no nos lo aplican por un alto estatus, sino porqué en atención a nuestro aspecto creen que bien podríamos formar parte del gabinete de la 4T. 

Hace un par de semanas un vecino de locker del gimnasio, que ha de rondar los treinta y cinco, atentó arteramente contra mi vanidad. No lo frenó el que en un juego de racquet ese mismo día haya humillado a ese gran amigo de su misma edad del que se hace acompañar todo el tiempo. Tras que en tono muy jovial lo saludara con un “¿qué ondita, cómo has estado?”, me respondió con un ofensivo “muy bien señor, ¿y usted?”. Así lo quiso; a partir de entonces lo saludo con un distante “¿cómo le va?”, con lo que he conseguido una venganza que mi supuesta víctima ni ha de entender ni descifrar, pero no importa. O todos coludos o todos rabones.El menor de mis hijos jura que fui yo quien con mis modismos al hablar espantó al compañero de Gym, obligándolo a mostrar respeto por la edad que nos separa. Tal vez tenga un poco de razón, pues ahora que lo pienso no recuerdo a nadie que esté en el grupo de la gente joven que empiece una conversación con un saludo copiado al Loco Valdés en uno de sus programas ochenteros…..o aún más para atrás.

Tampoco es que piense que debamos tutearnos a diestra y siniestra, sin filtros ni reglas. Jamás me referiré a un policía u oficial de cualquier autoridad de “tú”, y le haré ver enfáticamente que no estoy de acuerdo en que lo haga conmigo. La investidura que le reconozco me hace respetarlo empezando por la manera como me refiero a él, esperando reciprocidad como fórmula para crear el ambiente adecuado entre autoridad y ciudadano. Tampoco soporto que un hijo, amigo o acompañante tutee a un mesero o cantinero, si es que ellos lo tienen prohibido hacer con su clientela por los entendibles protocolos del establecimiento. Lo mismo pienso con cualquier persona de servicio; ellos “no pueden” tutearnos, pareciéndome despótico el que yo lo haga con ellos, pues considero que al conducirme así adopto una posición de injustificada superioridad.; y eso jamás, nada más alejado a la manera como pienso y actúo.

Que las formas sociales se han ido transformando, no cabe la menor duda. A mi primer suegro, regio de corazón, sus hijos le hablaban de usted, lo que no hacían con la mamá. El que mis hijos se dirijan a mi por “papá” o “pá”, es inusual aunque sería lo que preferiría, más por el orgullo que me despierta que por apego a las costumbres. Los cuatro varones recurrirán al “Javo”, “Javivi” o “Jabusiness”, debiendo ponerle freno ya alguno que en un diálogo de WhatsApp me recetó un “no mames guey”, el que entendí inscrito en un entorno de excesiva confianza y no como la deliberada intención de faltarme el respeto. Mi hija única, con sus 18 años a mil por hora, me aplica el “daddy”, “gordito” o de plano “gorda”, en los momentos en que no aplica la “ley del hielo” que me decreta con intermitencia. 

Los modos de referirnos a los demás también guardan relación con la geografía. Y si no para muestra ahí están los colombianos hablándoles de “usted” a sus mejores amigos y familiares más cercanos, incluyendo a la esposa. Durante un tiempo conviví frecuentemente, por cuestiones de la madre de mis hijos mayores, con quien fue el Director del Museo de Arte Moderno de Bogotá, quien no estaba casado pero iba y venía a todos lados con su hermana mayor. Me llamaba la atención no solo que no la tuteara, sino que además le enjaretara un calificativo que habría provocado que se armara una bronca mayúsucla en nuestro país, pero que entre ellos es normal. Inolvidable su “¡ay Clarita, pero cómo es usted pendeja!”. La gente de mi edad en México, con la buena intención de agradar y respetar al mismo tiempo, somos capaces de hacer mezclas bastante bizarras. Y si no, para prueba ahí está la manera como le hablamos al septuagenario que acomoda nuestras compras en el supermercado: “le agradezco mucho, joven”.

Hace muchos años mi madre me dio el buen consejo de hablar de usted a las personas que pudieran, en función de su edad, ser mi padre o madre. Solo ellos con una invitación expresa podían darme la libertad de tutearlos. Atendiendo a este criterio y a la edad que hoy en día las parejas son padres, quedan muy pocas personas a las que debo hablar de usted. Sin duda desde hace mucho me gusta mucho más el tuteo, el que no está a discusión cuando se trata de mentarle la madre a alguien, pues sabido es que una grosería siempre se profiere en la segunda persona del singular. De otra manera como que no sabe.

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