Ustedes los ricos y nosotros los pobres en la 4T

Pedro Infante
Foto: Facebook Aníbal Manzano

Profesor Doval

Esta gran nación, que es Méjico, nació dividida. Gajes del mestizaje. Nuestra identidad está construida sobre la ruptura. La obra popular que más y mejor ha enriquecido esta grieta esencial es la trilogía de Ismael Rodríguez protagonizada por Pedro Infante. Se trata de la taxonomía perfecta de la identidad nacional. Ustedes: güeros, sofisticados, petulantes, alzados, miserables, haraganes y tristes. Nosotros: prietos, simples, humildes, honorables, generosos, esforzados y felices.

El dinero es la causa de la miseria del rico. El pobre se sobrepone a cualquier adversidad gracias a su alta estatura moral: pobre; pero honrado.

La saga también es instrumento pedagógico eficaz que nos confirma en nuestra idiosincrasia desde hace más de 70 años. La película nos educó en la autocompasión y la revancha, al tiempo que fortaleció nuestra tendencia a la polarización.

Recuérdese el tramo final de Ustedes los ricos: el insuperable contraste entre dos fallecimientos incomparables. Del lado de los pobres, ¿acaso hay muerte más cruel y trágica que la del Torito en el incendio de la carpintería? De las cenizas emerge Pepe el Toro para entregar el cadáver de su hijo a Blanca Estela Pavón, quien enloquece mientras el realizador de la cinta pone una secuencia de llamas infernales. Del lado de los ricos, un ostentoso funeral donde corren viandas mientras los emperifollados e hipócritas deudos urden tramas para adueñarse de la fortuna de Manuel de la Colina y Bárcena (Miguel Manzano), el finado hijo de doña Charito (Mimí Bárcena). Ella es, recuérdese, la millonaria abuela de Chachita que a mitad de la película secuestra a su nieta bastarda para llevarla a vivir al mundo al que realmente pertenece: Las lomas.

La última escena es arquetípica. En la vecindad hay un festín por el cumpleaños de la nieta pródiga. La alegría es pantagruélica, no así la comida. De pronto, el silencio. Doña Charito irrumpe enlutada, de mantilla negra y bolso a juego en el antebrazo (no se puede ser más privilegiado). «Por favor, déjenme entrar. Estoy muy sola con todos mis millones y vengo a pedirles, por caridad, un rinconcito en su corazón. Ustedes, que son valientes, y que pueden soportar todas sus desgracias porque están unidos. Ustedes los pobres, que tienen un corazón tan grande para todos, ustedes son buenos».

Y, luego, suplica el perdón de Chachita. La nieta busca la autorización en los ojos de Pepe el Toro, quien alza el pulgar dadivoso y exculpa a la millonaria abuela. El César de la pobreza se levanta de su trono de pino para dar su veredicto. «Pásele, señora. Ahora no entró usted con los pesos por delante. Entró con una pena y el corazón en la mano: ora sí es de los nuestros. Aquí entre nosotros encontrará lo que nunca ha podido comprar, lo que más vale».

Obviamente, sabedora de este componente de nuestro carácter, la 4T ha construido un eficaz discurso para avivar el rencor y legitimarse con la venia de la mayoría. «No soportan ver a alguien como Gibrán en la televisión y en el análisis político», escribió alguien en tuiter. «Alguien como Gibrán».

La reciente marcha en la muy noble y muy leal ciudad de Méjico evidenció una vez más nuestra quebrada esencia. Según escribió el doctor Hernán Gómez el pasado viernes, «uno de los grandes elementos aglutinadores [de la marcha] era el perfil sociodemográfico de los marchistas». Luego, a partir de su fina capacidad de observación, aseguró: «No hace falta demasiado escrutinio para darse cuenta [de] que la abrumadora mayoría percibe una remuneración muy superior a los 20,000 pesos mensuales».

El corazón de la argumentación del doctor Gómez Bruera es, como el de todos los propagandistas del morenato, que ustedes los ricos no quieren perder sus privilegios a merced de nosotros los pobres. En su apunte de El Universal compara a la pléyade fifí –encabezada por Enrique de la Madrid– con doña Charito, la abuela millonaria de la saga de Ismael Rodríguez: «lo que en el fondo los mueve es el miedo (sic). No sólo su evidente miedo al cambio, sino también a perder un cierto estatus».

La extrapolación entre vasallos y amos divide a Méjico desde su nacimiento. Así, nuestra vida pública se lee bajo la misma lógica de la revolución francesa: democracia es ruptura. Lo entendió perfectamente el PRI, que en su nombre y principios institucionalizó la revolución. Somos el marxismo hecho nación. Choque constante: españoles vs. indios, criollos vs. peninsulares, liberales vs. conservadores, reformistas vs. constitucionalistas, militares vs. campesinos, cristeros vs. callistas, callistas vs. cardenistas, cardenistas vs. alemanistas, nacionalistas vs. tecnócratas, salinistas vs. lópezobradoristas, mirreyes vs. godínez, nacos vs. fresas, chairos vs. fifís y, así, ad nauseam.

Aunque el doctor Gómez Bruera confiesa que sus descalificaciones clasistas están en las antípodas del racismo, al mismo tiempo esgrime la siguiente opinión: «Si acaso existe un hilo conductor entre los mensajes del domingo es la posición de poder de una clase claramente identificable entre los manifestantes, que en un país como México resulta inseparable del tono de piel, aunque por comodidad y autocomplacencia algunos prefieran no verlo».

El dogma vital que late en la entraña mejicana es que el rico es un maldito cerdo rubio y, el pobre, un prieto bienaventurado e inocente, libre de culpas, objeto perenne de vejaciones. En nuestro ser más profundo late el sentimiento de inferioridad. Somos víctimas perpetuas de la mafia del poder, del neoliberalismo que impide el despliegue de nuestra alma buena. Ustedes los ricos son los culpables. Nosotros los pobres tenemos el tesoro de la más digna moralidad. Pero, pronto, ustedes los ricos vendrán de rodillas a suplicar el perdón de nosotros los pobres.

@ProfesorDoval

Te puede interesar: Catalina Creel: el amor de una madre