Viajando con Eniac

Road Trip
Foto: Sammie Vasquez on Unsplash

Hacía poco que tras completar un curso en una agencia Volkswagen me habían dado mi permiso para conducir. La condición para contar con este documento era tener 16 años y acreditar unos exámenes teóricos y prácticos que cumplí sin problema. Los hombres somos autodidactas en esto de aprender a manejar, lo que hacemos a través de breves ejercicios furtivos con el coche de los papás o de algún hermano mayor. Este permiso oficial y unas aceptables calificaciones escolares consiguieron que mi papá me regalara mi primer coche. Apenas dos semanas después de tan grata sorpresa, comencé junto con Toño, Carlos y Eniac a planear nuestro primer viaje solos a Acapulco.

De acuerdo con la logística diseñada, fue por el “Escualo” por el último que pasamos el día pactado para partir, en medio de la obscuridad que antecede al amanecer. Reacomodamos las maletas en la cajuela de ese auto con escudos de “Pumitas” en las ventanas laterales, respondimos efusivamente a la despedida colectiva que nos daban desde la puerta los padres del amigo, y nos dispusimos a iniciar la travesía……no sin antes empujar entre todos el coche por una falla mecánica que no se repitió pero que dio motivo más que suficiente para sumir en la angustia a los señores Ayala. Con buen ritmo recorrimos la carretera, que estaba todavía a años de transformarse en la “Autopista del Sol”. La que transitamos tenía un solo carril para ir y otro para volver, divididos por una difusa línea blanca. En esta misma autopista tuvimos en familia años atrás dos accidentes serios, lo que engrandece el permiso para que me pudiera ir manejando con apenas unos meses de experiencia tras el volante y sin que el celular o el GPS se hubieran inventado. Paramos a desayunar en Iguala en la Vaquita Negra (Tastee Freez), que era el sitio tradicional para hacerlo como desde hace mucho lo es “Cuatro Vientos”, continuando nuestro viaje sin sobresaltos hasta el puerto.

- Publicidad -

La idea original era que un amigo del papá de Eniac nos ayudara a conseguir hotel, pero de motu propio terminó cediéndonos su departamento, enclavado arriba del club de yates. El mismo día que llegamos esta persona salía de vacaciones y no utilizaría su vivienda, lo que nos cayó de perlas. Con este importante ahorro se incrementaba nuestra capacidad financiera para emular la vida de Mauricio Garcés en la cinta “Departamento de Soltero”…..la realidad, tristemente, fue muy distinta. La primera noche la dedicamos a entrar a lobbys de hoteles de la Costera en busca de mujeres de “nuestra rodada” o ya mayores, lo que para nosotros equivalía a muchachas que rondaran entre los 23 y los 25 años; ¡más viejas tampoco! La estrategia original no resultó, creyendo que encontrar a cuatro jóvenes del target juntas era muy complicado, lo que nos llevó a partir de la siguiente noche a dividirnos en parejas formadas a través del bonito juego jankenpón. Escondíamos la llave del auto en una de sus defensas, el que podría ser utilizado por quienes primero encontraran compañía y consecuentemente tuvieran necesidad y ánimo de ir a otro lado, incluido el departamento. ¡Ajá! Todos volvimos juntos las cinco noches de estancia, aprovechando para meternos a la alberca en la madrugada y entonar algunos cánticos de la nueva trova cubana, acompañados por Eniac en esa guitarra que dejó en una de las recámaras el dueño del inmueble. Solo una noche tuvimos un éxito relativo, y fue poco antes de separarnos en parejas en el Hotel Presidente, donde encontramos un multitudinario tour de gringas más o menos de nuestra edad, con las que entramos a la discoteque del lugar. Aunque ejecutamos nuestros mejores pasos, no fueron argumento suficiente para que al poco rato todas se retiraran a sus habitaciones, conducidas por algunos de los maestros del high school de donde provenían. En lugar de una zapatilla como en la Cenicienta, nos compartieron como un signo de esperanza que viajarían también a la Ciudad de México y se hospedarían en el Fiesta Palace. Días más tarde y con la confianza que da jugar “como locales”, llegamos al hotel indicado donde las vimos agrupadas afuera de uno de los restaurantes. Alegres, con gran porte, gallardía y un ritmo que copiamos del andar de Travolta con su impecable traje blanco, comenzamos a caminar confiadamente hacia ellas, cuando tras cruzar miradas un par de estas rubias pusieron los ojos en blanco en símbolo de un injustificado fastidio, y las otras dos de plano salieron corriendo hacia el lado contrario a donde veníamos. Como en la escolta escolar a la que ninguno jamás perteneció, sincronizadamente dimos media vuelta, trepamos al coche y fuimos a desahogar nuestras penas con tacos de Coyoacán. Lo único que comentamos al respecto el resto de la jornada fue una frase que la he escuchado en incontables ocasiones desde entonces: ¡pinches viejas!

Los inexistentes pormenores amorosos del viaje los mantuvimos en la máxima secrecía. Nos sentíamos ridículos ante las hazañas que poco tiempo después tendrían con las gringas otros amigos como Paco, Pipis, los Goñi, Julio y Tona, que resultaron todos unos “latin lover’s” con las muchachas de allende el Bravo; tanto, que hasta dos de ellos consiguieron extraordinarios matrimonios que subsisten hoy en día como los mejores ejemplos de lo increíble que puede ser conservar a la misma pareja por siempre.

En mi disculpa y la de mis compañeros de viaje diré que a los 16 años no está uno precisamente en la mejor de sus versiones. Partes de la cara te han crecido en forma desigual y el acné pareciera que ha llegado para quedarse. Hasta las vendedoras de la playa con sus empíricos conocimientos en mercadotecnia se daban cuenta de esto. Cuando pasábamos a su lado, ajustaban los males que decían remediar los productos que ofrecían y gritaban: “¡concha nácar para los barros y las espinillas!”. No ligamos nada de nada, pero en cambio nos echamos tremendas cáscaras de fut y de tochito con lancheros, esquiamos, cantamos hasta el desgañite, nadamos en pelotas, organizamos competencias de las justas más extrañas, vimos nacer unas tortugas en la zona naval de Icacos a las que con el aprendizaje obtenido con las series televisivas de Jacques Cousteau pusimos lejos del alcance de los depredadores, filosofamos sobre una y mil cosas, y compartimos temores y expectativas propias de cualquier adolescente de la época.

Sin duda se trató de un viaje memorable, con el que arranqué una tradición por la cual Carlos es mi roomie indiscutible en los muchos viajes de amigos que le han sucedido y para los que habrán de seguir, según ya están planeando Omar y Xico, nuestros tremendos líderes en estas y otras muchas actividades. Varias de estas travesías las hicimos con el amado Eniac, quien tomó su nombre de la primera computadora que se inventó allá por 1946 y que con honor ha correspondido desarrollando un trabajo profesional meticuloso, puntual, ordenado y sistemático, enriquecido con enorme sensibilidad artística y esa pasión e intensidad que lo caracterizaron siempre en la fotografía, la música, la pintura, como en su vida diaria.

Eniac ya no nos acompañará en los siguientes viajes, pues la semana pasada ya emprendió el último y definitivo. Sin embargo, no tengo duda que estará pegado a cada uno de nosotros en el tramo que nos falte en esta vida, al término del cual nos recibirá de la misma forma como lo despedimos en esa sala funeraria del sur de la Ciudad…… con un profundo amor y con una estruendosa “Goya”. Te vamos a extrañar muchísimo “Kamarrado”.

Te puede interesar: ¿Por qué el hombre jamás podrá llegar a la luna?