Viajando en el tiempo

Terminator: Dark Fate
Foto: Twitter Reddit

La posibilidad de viajar en el tiempo me resultaba sumamente atractiva en mi niñez y adolescencia. La idea se alimentaba con mis lecturas de ficción, sin menospreciar la influencia que ejercía la televisión y lo que el cine llevaba a la pantalla. Quizá a muchos no les resulte familiar un programa que llevaba por nombre “El Túnel del Tiempo”, dificultad que se acentúa pues solo tuvo una temporada de 30 episodios, contrastante con los que cualquier serie consigue en la actualidad. Aunque el programa no duró ni un año, fue tiempo suficiente para que se me grabaran muchas de las aventuras que vivían Tony y Douglas en distintos pasajes que recreaban de la historia – muy mal por cierto – en los que intentaron cambiar el rumbo de grandes acontecimientos de la humanidad. Quisieron matar a Hitler antes de que concentrara todo ese poder que lo llevó a provocar semejante conflagración mundial; buscaron modificar la ruta del Titanic para evitar su hundimiento; y trataron de prevenir a Lincoln para que no fuera a ese teatro en Washington donde lo aguardaba su asesino para dispararle al más puro estilo de José Aburto. Si estuvieran activos estos singulares viajeros, no habría estado mal que se hubieran transportado doce años atrás para decirle a Felipe que no se pusiera esa casaca militar con la simbología de comandante supremo de las fuerzas armadas……lo iban a fregar después, se veía venir.

En el cine destaca la película “Pídele al Tiempo que Vuelva”, producida en 1980. A través de autohipnosis y la asesoría de un psico mentalista, un joven dramaturgo interpretado por Christopher Reeve (la versión masculina de Montserrat Oliver) busca llegar a una bella y joven actriz de la que queda prendado por una fotografía que encuentra en el pequeño museo del hotel en el que se hospeda, donde ella actuó casi 70 años atrás. Para reencontrarla en el pasado, el protagonista acondiciona su habitación conforme a la época y se viste como lo hacían en los inicios del siglo XX, tras lo cual despliega un notable ejercicio de concentración y consigue viajar en el tiempo para encontrarse con su gran amor. Si yo intentara un experimento así le pediría prestado un traje a mi amigo José Manuel, quien orgulloso porta diariamente vestimenta tan vieja como ésa…o más. La cinta causó gran impacto, al grado que es sabido que anualmente grupos de culto llevan a cabo una convención en el Gran Hotel de la Isla Mackinac, en Michigan, locación principal de esta película en la que la música juega un rol importantísimo, sobresaliendo la Rapsodia sobre un tema de Paganini, de la autoría de Serguei Rachmaninoff. Maravillosa.

La televisión mexicana no podía quedarse atrás en eso de ir de un lado a otro en el tiempo, adaptando en esa línea varios capítulos del programa infantil “Odisea Burbujas” para incluir aventuras en las que sus personajes interactuaban con grandes protagonistas de la historia. La producción era patética, por decir lo menos. Uno sabía que se encontraba en el París de De Gaulle por unos malos dibujos puestos como fondo en el set donde se desarrollaba la acción, los que podían corresponder a imágenes de la Torre Eiffel; para no errarle, en la parte superior del dibujo decía “Paris”, asegurando que los televidentes pudieran situarse sin problemas en el lugar correcto. Lo mejor que me dejó el programa fue la cara de incredulidad de mi hermana menor cuando se encontró con Arturo Laphan en una comida muy ecléctica a la que convoqué, quien hacía el papel de Pistachón Zig-Zag en la serie de Televisa. Desprovisto de su disfraz de abejorro, Arturo sorprendió a mi hermana usando la característica voz del personaje, provocando una mezcla de duda, atracción y miedo en la menor de la familia, quien por aquellos ayeres debió tener 5 años. No es necesario explicar que desde chiquita no fue muy brillante ni intuitiva que digamos.

Evocar al profesor Memelovsky con su cabellera roja me lleva directamente a la trilogía de “Volver al Futuro”, ya que el Doctor Emmet Brown era su clon con pelo blanco. La película producida por Steven Spielberg se estrenó en 1985, consiguiendo ser la película más exitosa del año, con secuelas que surgieron en 1989 y 1990 con Marty al frente, caracterizado por el canadiense Michael J. Fox, quien bien podría ser mexicano por su 1.60 de estatura. Esta serie conocida por todos no busca ninguna recreación histórica ni cambios en los acontecimientos de importancia mundial, conformándose con modificar hechos en las vidas de una familia con la intención de hacer mejor el entorno y evolución de sus integrantes. Más o menos en sintonía con esta perspectiva está la aclamada cinta Terminator, con el binomio James Cameron y Scharzenegger, la que ya suma la friolera de 5 películas más, la última de ellas a estrenarse pronto con el nombre de “Terminator: Destino Oculto”, título que podría apropiarse sin problema la Secretaria de Gobernación. Recordar la película de arranque en la que un ciborg viaja del 2029 a 1984 para asesinar a Sarah Connor y su hijo, nos da perspectiva de cómo muchas cosas se adelantan en el tiempo respecto de predicciones y augurios, en tanto muchas otras demandarían de poder ocurrir de un tiempo mucho mayor…. porque nadie se atrevería a decir que en solo 10 años más la humanidad esté librando batallas con robots con sofisticadísimo armamento y en defensa del planeta, en escenarios y con las agresividades que nos hacen pensar en el Coatzacoalcos de 2019.

Situarme en la posibilidad de viajar hacia el pasado remoto me sigue generando angustias de variada índole. Una de ellas es producto de mi incapacidad para poder explicar cómo funcionan cosas que se han inventado con la intención de hacer más fácil (a veces) la vida de todos. Está más que claro que soy un simple usuario de la tecnología más básica, condenado a no poder ayudar a nuestros ancestros por mi decisión años atrás de dedicarme a asuntos relacionados con las ciencias sociales, y no con las otras, las que en el terreno del pragmatismo reportan mayores beneficios. Pero bueno, al igual a como ocurre en “Volver al Futuro”, es en el tema de mis decisiones en donde seguramente aprovecharía esos viajes en el tiempo para hacer algunas cosas de manera diferente, dejando que las de impacto mundial se desenvuelvan sin mi interferencia. Si acaso, haría lo necesario para que Arjona se reclutara como profesional del basketball, liberando al universo de soplarse sus sesudas composiciones.

Decir que “si volviera a nacer haría todo exactamente igual”, me parece un cliché muy estúpido. No querría que ni una sola de las personas con las que he interactuado de mil maneras en mi vida dejara de estar en ella, sobresaliendo como es evidente cada uno de mi familia y cada uno de mis amigos y de mis amores. Tomaría otras decisiones sobre trabajos y diversificaría los que han sido mis temas de interés profesional. Callaría o dejaría de escribir palabras que han ofendido, sobre todo cuando se han sustentado en verdades incompletas o en equívocos absolutos. Destinaría muchísimo más tiempo a los queridos que se han marchado anticipadamente – que debieran recordarme la atención que debo prodigar a los presentes, cercanos y lejanos –, y bien podría llevar al terreno de los hechos algo de la poesía “Instantes”, la que equivocada y frecuentemente se le adjudica a Borges (hasta la mayor de mis hermanas la tiene colgada en la pared, con firma de Don Jorge Luis), aunque parece estar más que claro que pertenece a la poetisa Nadine Stair. Creo que si pudiera viajar en el tiempo y que aprovechando esta circunstancia algo pudiera cambiar, me concentraría en “…tomarme muy pocas cosas con seriedad…y tendría más problemas reales y menos imaginarios…”, tal y como sugiere la gringa Stair. Cada quién.

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