Vida con la muerte

Las intermitencias de la muerte
Foto: Twitter Canal 22 México


En Las intermitencias de la muerte, la protagonista, la muerte, va y viene, casi siempre invisible. Se esconde, espía en los rincones de alguna habitación y se sienta para descansar y acariciar a un perro en un sillón, pero cuando quiere se deja ver con su horrenda forma original o se vuelve una mujer hermosa. Esa muerte corre aventuras, escribe cartas, manda mensajes por televisión, se va del mundo y luego regresa.

La novela, publicada en 2005, cinco años antes de que la muerte recogiera a José Saramago, arranca con una epidemia opuesta a la que tenemos nosotros. En aquella no crece la cuenta de los muertos, sino que se detiene intempestivamente.

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El retiro súbito de la muerte provoca una grave crisis sanitaria, económica y social. Los industriales de los rituales fúnebres, los dueños de los hospitales, el cardenal que manda en la iglesia católica, los capitanes de la mafia y los políticos a cargo del gobierno se quiebran la cabeza por la ausencia de muerte, hasta que alguien descubre que la emergencia les ha caído como anillo al dedo y encuentra el modito para dar nuevo sentido a sus frágiles relatos y seguir medrando de una patria de ficción donde morir deja de ser el destino natural.

En nuestra realidad, en cambio, la pandemia nos puso cara a cara con la muerte. Se recomienda no salir a buscarla, pero arbitraria como fue la de la novela para irse, ésta llegó de un día para otro flotando en el aire. Dicen los científicos -que sí saben, porque los ciudadanos no somos todólogos- que esta muerte vive en la superficie del objeto más trivial o en las manos de los demás, entra a nuestras casas pegada en la suela de un zapato, en la bolsa del supermercado o diluida en el llanto. Ya se investiga incluso que ande metida en las patas de las moscas o viaje en el viento que se cuela por una ventana que se queda abierta por la noche.

La muerte intermitente de Saramago decidió un día enviar cartas a sus futuras víctimas para darles tiempo de poner sus cosas en orden, despedirse de sus familiares y pagar sus deudas. Por el contrario, la muerte de nuestra pandemia se agazapa varios días sin hacer ruido ni dar señales de vida,hasta sorprendernos una noche, mandarnos a intubar y arrancarnos de este mundo bajo la luz blanca de una caótica sala de terapia intensiva, sin dejar que el fallecido acabe con lo que sea que estuviera haciendo ni alcance a decir algo que sus dolientes puedan luego recordar.

Aún sin haber muerto nunca, puede decirse que la muerte se vive distinto según a dónde creemos que nos va a llevar. La mayoría tiene un cielo, un infierno o una nada particular, habitados por ángeles, demonios o por el vacío que haya querido imaginar. La ilusión de ese siguiente lugar suaviza o dificulta el cruce por la puerta y la ruta al más allá, pero de que la muerte es una visita incómoda lo es, igual para el que no vive por tanto que le teme, como para el que la anda buscando. Porque es bien sabido por el pueblo y hay evidencia de sobra de que cuando te toca, ni aunque te quites y cuando no te toca, ni aunque te pongas.

La pandemia ha roto los acuerdos con la muerte. La esperanza de vida que parecía crecer luce ahora topada por la línea de edad en la que se pasa a ser población de riesgo. Los avances de la ciencia para alargar la existencia en la Tierra se anulan por el código bioético que administra la disponibilidad de ventiladores de soporte respiratorio. Hasta las misas y novenarios que servían para despedir al muerto se acotaron a su versión on-line.

En la parte final de Las intermitencias de la muerte, Saramago hace que ésta viva en carne propia algo de la experiencia de la humanidad y la pone a dudar de cumplir su macabra función. Pero la muerte de nuestra pandemia no ha sido conmovida por las pasiones, los miedos, las culpas o los sueños de los hombres. Al contrario, flota campante en las morgues llenas de los hospitales colapsados, en el agotamiento de los médicos y enfermeras, y en el desconcierto de una sociedad asustada y sin guía, que no sabe hacia dónde mirar.

La pandemia ha sido también como un misil que choca en el centro de nuestro relato liberal y exhibe mucho de lo que por años hemos hecho muy mal, sobre todo nuestra endémica desigualdad.

La muerte que llega con el coronavirus está lejos de ser domada. Por ahora camina libre en los rostros enmascarados de quienes se animan a salir a la calle y alimenta la retórica de uno que otro que busca cómo aprovecharse de ella. Parece que la muerte tiene pensado quedarse un rato largo por acá y habrá que aprender a vivir con ella.

@hjvillarreal

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