Vocaciones y vacaciones

Universidad
Foto: Cole Keister on Unsplash

Por la línea de mi abuela paterna tuve un familiar que formó parte del famoso Escuadrón 201, el que participó en misiones de combate concentradas en la expulsión de los japoneses apostados durante la 2ª Guerra Mundial en las islas de Luzón y Formosa, en Filipinas. Sin duda esto influyó para que mi padre mostrara un enorme interés por convertirse en piloto, sueño al que debió claudicar por un severo daltonismo que lo condenó toda su vida a explorar las combinaciones más extrañas en su vestimenta, las que hacían parecer discreto al uniforme de portero de Jorge Campos. Mi hermano mayor le daría a mi padre la oportunidad de tener una especie de revancha con la vida laboral, al convertirse él mismo en piloto aviador comercial.

En la época a la que me referiré yo estudiaba Ciencias Políticas y Administración Pública en la Ibero, denominación de cierta complejidad y extrañeza para cualquiera que como mi padre haya nacido hacia finales de los veintes del siglo pasado.  Dos o tres veces yendo por la calle con mi papá nos topamos con alguno de sus amigos, quienes tras ser presentados por mi progenito rinvariablemente preguntaban: – “¿tú eres el piloto?” … – “no, ese es mi hermano”. Dicho esto, y con el deliberado propósito de incomodar, intentaba ampliar la respuesta pasándole la pelota: – “a ver Pá, dile a tu amigo lo que estoy estudiando”; el pobre patinaba y yo me reía. La verdad es que siendo natural que mostrara más identificación con alguno de sus hijos, con los cuatro siempre fue increíblemente justo y equitativo.

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Recuerdo que estando por finalizar el segundo año de preparatoria, dudaba si inscribirme para tercer grado en área dos (químico – biológicas) o en la tres (económico – administrativas). No sé de quién habrá sido la idea, pero como una prueba ideada para confirmar nuestras fortalezas y debilidades vocacionales conseguimos la autorización para entrar al anfiteatro de la Facultad de Medicina de la UNAM. Allá llegamos cuando menos Labrador, Salim, Lobato y yo, donde atendimos a la letra las indicaciones del personal en cuanto al uso de batas y mascarillas modelo “aléjate pinche coronavirus”. Fue impresionante ver más de una decena de cuerpos apilados en tinajas o colocados individualmente en mesas de exploración. El momento estelar se lo llevó ese trabajador que con sierra eléctrica quitó la tapa a un cráneo frente al respetable, la que cayó al suelo como jícara michoacana sin que nadie hiciera mutis.

La experiencia resultó decisiva. En ningún momento sentí incomodidad o repulsión por ver todo aquello. Me invadió una mezcla de curiosidad y angustia imaginando cómo es que esas personas habían llegado hasta ahí. ¿Nadie que los reclamara, que los buscara? ¿Cómo habrían sido sus vidas para que terminaran siendo material de práctica para postulantes a médicos? ¿Por qué coexistían con tanta naturalidad en nuestra sociedad estos muertos con aquellos para los que estaban destinadas exequias formales, sentidas y con gran rating? Un trabajo que nos encargaron realizar meses después, que implicó investigar en el entonces Instituto Mexicano de Asistencia a la Niñez los procesos de adopción de los huérfanos ahí cuidados, terminó por confirmarme que lo mío tendría que ver más con las ciencias sociales, y especialmente con áreas desde las cuales participar en cambios y mejoras de amplio impacto.

Con estos y otros antecedentes llegué a la universidad. En la primera clase de la licenciatura el profesor quiso saber nuestras expectativas al estudiar esta carrera, recibiendo respuestas que alcanzaban hasta deseos por ser presidentes de la República. Visto a la distancia no resultaba cándida o falta de humildad una intención de esa naturaleza, sobre todo si tomamos en cuenta que con los años Fox y Peña dieronclaras muestras de que en este país no se requiere para lograrlo de estar muy por encima de la media educativa, intelectual y ética promedio de la población, condición que asertivamente mi compadre Mainero fijaba como prerrequisito para siquiera pensar en ingresar a un puesto de mando en el Gobierno.

Con un intermedio de tres años en la iniciativa privada, mi vida laboral se ha concentrado en tareas gubernamentales relacionadas en su mayoría con temas jurídicos y culturales. Mis experiencias están llenas de claroscuros, en las que no sé si por soberbia u objetividad perdí muy pronto la admiración reverencial a los cargos, pues he debido interactuar con burócratas y políticos patéticos con nombramientos rimbombantes, sin soslayar a los que me han marcado por su conocimiento, iniciativa y probidad. Soy parte de un grupo que puede considerarse experto de la administración pública, alejado de activismos políticos, lo que evidentemente no implica que carezcamos de ideología y empatías. 

Como cualquier egresado de universidad, desde que adquirí esta categoría me he reunido frecuentemente con compañeros de mi generación y los de algunas arriba y otras abajo. El grupo más ecléctico en lo generacional es el que ha resultado más activo y divertido. En las reuniones el 90% del tiempo se destina al canto, comedia, baile regional, charla de temas personales y los infaltables chismes de coyuntura. Las parejas de mis amistades se han integrado de modo perfecto, lo que no es un mérito menor; grandes tipas y tipos.

Convocados por un excelente amigo integrante del grupo, que ha sido senador, embajador y gobernador de su estado hasta hace muy pocos años, se organizó una caravana turística a su tierra, la que varios de los participantes tontamente jamás habíamos pisado. En los últimos meses fue diseñando todo el recorrido a realizar en los cinco días de duración, del que nos fue dando cuenta por WhatsApp con una precisión envidiable hasta para los tarjetahabientes Black de American Express. Seguramente influido por ese modo tan mexicano, proclive a asumir compromisos que se sabe jamás cristalizarán, en silencio pensé en la posibilidad que faltando pocos días para la partida nos dijera algo como “híjole, me van a tener que disculpar, no los voy a poder acompañar”. Recordarlo como un buen y cumplidor estudiante, particularmente reservado hasta llegar a los linderos de la timidez, hacía que espantara la sospecha; además no fuera a ser que siguiendo las leyes de la atracción yo mismo invocara el desaguisado y luego el grupo me lo reclamara. 

Llegó el día y nosotros al aeropuerto de la capital de su entidad. Imaginé que encontraríamos a una persona con algún letrerito que dijera “administradores públicos a punto del retiro”, pero ahí estaba el exmandatario solo y su alma como cualquier hijo de vecina esperándonos, dándose tiempo para responder, como ocurrió todo el viaje, a los múltiples saludos que recibía de los vecinos, siempre con una palabra amable que podía aderezarse cuando posaba una mano sobre el hombro ciudadano. Junto a la belleza del paisaje, los increíbles vestigios de pasadas civilizaciones y una rica y abundante comida que hizo que aumentara detalla, “Puruch” nos mostró lo más valioso: la sencillez, gentileza y calidez que acompañan a los buenos amigos, y de las que debieran hacerse o nunca desprenderse quienes eligen el camino de la política, en una dirección opuesta al Síndrome de Hubris del que nos contaba en su editorial Raymundo Riva Palacio. La bondad y la eficacia no están peleadas, y el amigo nos hizo cumplir con estrictos horarios que empezaban muy temprano para terminar muy tarde, teniéndolo en el lobby organizando y arriando al grupo. Sin despojarse de su mesura, el ejercicio del poder lo dotó de una dúctil y disfrazada voz que servía de velo al mando, la que escuchamos en incontables ocasiones decir: “¿qué les pareció, les gustó?”, entre inhalaciones a su infaltable cigarro, tan profundas como las del que años atrás esperaba a que saliera la esposa de la sala de labor.

Escoger con quién nos casaremos, cuántos hijos intentaremos tener y a qué nos dedicaremos profesionalmente, son sin duda de las decisiones más trascendentes en la vida. A unos meses de concluir el tercero de preparatoria, mi hija enfrenta su momento de decisión. Mi consejo para la selección de profesión la ha invitado a tomar en cuenta sus talentos o habilidades; el que sea algo que le guste, de preferencia al grado de apasionarla; que le provea un modo de vivir; y que en alguna proporción le permita aportar algo para mejorar la colectividad en donde se desarrolle. El remate sería la invitación a que ejerza siempre su actividad con bondad, amabilidad, sencillez y generosidad, advertida que si escogiera el camino de la política habría de duplicar la dosis.

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