Canal Once: el poder doblega a la sátira

La Maroma Estelar
Foto: Twitter Bollo Negro Cine

Profesor Doval

 

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En Méjico no hay humor, sino comicidad; no hay ciudadanos, sino súbditos. Nos reímos y votamos como menores de edad.

Usted me perdonará por ponerme serio. Recordará que el ficticio régimen totalitario encabezado por Adam Sutler empieza a agrietarse gracias a un golpe televisivo insólito. En V de venganza, la ridiculización del dictador en el programa de Gordon Deitrich supuso el inicio del fin. La revolución encabezada por V –oculto tras la máscara de Guy Fawkes– no hubiese sido posible sin ese desafío contra el poder musicalizado con la sintonía de Benny Hill.

El humor es de los asuntos humanos más serios. Su enorme virtud consiste en ser expresión afinada de la inteligencia. Su fuerza social se mide en función de las preguntas que suscita. El humor es esencialmente pragmático: un chiste explicado carece de energía, una sátira que no desafía al poder no existe.

Además, el humor posee poderío social porque es dialógico. Es una ecuación que se resuelve con inteligencia y apertura. En ello radica su importancia en el tramado cívico: sin humor, no hay madurez política.

Sin embargo, en esta gran nación, que es Méjico, carecemos de esos elementos configuradores del humor. Famélicos intelectuales, preferimos el albur genital a la ironía; anoréxicos dialógicos, privilegiamos la violencia hasta para hacer reír. Somos como el milleniañ que dio una oreo rellena de pasta de dientes a un mendigo para hacerse de público en su página de youtube.

En Méjico no hay humor, sino comicidad; no hay ciudadanos, sino súbditos. Nos reímos y votamos como menores de edad.

En la tele mejicana, muchos han lucrado con la imposición de la violencia y el monólogo. Manuel Pelayo, Paco Stanley, Jorge Ortiz de Pinedo, Esteban Arce y Jorge van Rankin. El inicio de siglo sorprendió a la televisión mejicana con un jovencito rubio e imprudente que renovó ese modelo. Facundo Goméz Bruera saltó a la fama al lograr que gente de la calle se denigrara por dinero ante la cámara y por su pretendida insolencia que, simplemente, era una alabanza a la ridiculización y al menosprecio.

La atrofia humorística es más grave en un país cuya sociedad tiende a la literalidad y la solemnidad. Ambos vicios llevan, a su vez, al totalitarismo porque adelgazan la posibilidad de la crítica al poder mediante la violencia y el soliloquio. El albur mejicano conquista risas porque es vejatorio, no por ingenioso.

Aterra que una vida política sin humor como la nuestra acentúe la sacralidad del poder. En este momento, por poner un ejemplo, nuestro amo y señor López Obrador es intocable, aunque debiera ser el primer objetivo de la sátira.

El blindaje del poder es la solemnidad. Todo en torno al poderoso es sagrado. En Méjico, quien logró menoscabar la fuerza hegemónica del PRI de los sesenta y setenta fue Jorge Ibargüengoitia, cuya labor le valió el gulag de la ignominia.

El humor es un termómetro de la madurez política. Hoy vivimos una renovación de la televisión estatal mejicana, cuyo canal 11 ha decidido adentrarse en los programas cómicos con La maroma estelar, una especie de plagio de los peores momentos de la programación de Televisa.

Autonombrado de sátira política, el programa no logra su objetivo. Los blancos de sus reyertas son «los privilegiados». La ridiculización de Denise Dresser semeja una apagada caricatura de los personajes de La hora pico. Lo más llamativo, es que Hernán Gómez Bruera haya optado por la misma estrategia que su hermano Facundo ejecutó en sus programas de hace 20 años: salir a la calle con una cámara para humillar a la gente.

Afortunadamente, a pesar de su formación en el priismo más ortodoxo, José Antonio Álvarez Lima –actual director del canal 11– tiene en claro que denigrar a quien piensa distinto es la vía de la polarización que requiere todo totalitarismo para ser fecundo. Al menos eso ha escrito: «Así es como Hitler y Mussolini alcanzaron el poder total: aprovecharon los odios que trajo consigo la tragedia de la primera guerra mundial para prometer a sus alucinados seguidores regímenes racistas que traerían mil años de felicidad». (Milenio, 4 de agosto de 2016).

Y, en esas mismas páginas, manifiesta una preocupación que comparto ante la pretendida comicidad de La maroma estelar: «porque continua creciendo la polarización del país, entre liberales vs. conservadores; itamitas vs. unamitas; maestros vs. burócratas; víctimas del delito vs. autoridades; causantes vs. fiscalizadores; ricos vs. pobres». (Milenio, 15 de septiembre de 2016).

La vociferación protagoniza la vida mejicana. Da igual si es la calle o el congreso de diputados, lanzamos gritos a quien no ve el mundo como nosotros. Confundimos denigrar con debatir. La maroma de Hernán Gómez Bruera, como la toma libre de Facundo Gómez Bruera se hermanan también en la violencia hacia lo distinto.

@Profesor Doval

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