El informe: el regreso de la liturgia imperial

Profesor Doval

«Nuestra historia es la de unas cuantas individualidades señeras
que emergen de tiempo en tiempo sobre el pantano quieto
de las sordas pugnas políticas. Es la historia de la acción de los caudillos
y de sus seguidores personales. Los mexicanos no creemos tanto
en el liberalismo como en Juárez. […] El pecado político verdaderamente grave
no es tanto el cambiar de ideología o de programa
cuanto la infidelidad personal al caudillo.»
Jorge Portilla
Comunidad, grandeza y miseria del mexicano

El 1 de septiembre es para mi generación día aciago. Quienes fuimos niños durante la hegemonía presidencial de la revolución padecimos las cadenas nacionales. No había manera de zafarse de la gesticulación burocrática, de la genuflexión de los diputados ni de los rituales que envolvían a una ceremonia monárquica que envidiarían en Tailandia. (Siempre asocié el desfile desde los Pinos en descapotable bajo la lluvia de papelitos blancos a aquél que don Gato le organizó al falso alcalde de Nueva York para no decepcionar a la mamá de Benito Bodoque.)

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La cámara de diputados era una extensión de la habitación del monarca. El rey recorría la alfombra con una sonrisa que no cabía en el recinto hasta el estrado, diseñado no para el diálogo, sino para la adoración; un escenario con la grandilocuencia comunista, diseñado para rendirle pleitesía al emperador surgido de la revolución.

La llegada de Vicente Fox a la presidencia supuso ajustar el ritual. Se trataba de un intruso en la nobleza priista, un sátrapa. Su último informe mostró la ira contenida de los cachorros de la revolución. Los del PRD se encargaron de impedir que llegase a la tribuna.

El orden de la retórica de la transformación histórica vuelve paulatinamente. No del todo; pero ai va. El 1 de septiembre de 2019 contemplamos el primer paso para recuperar la liturgia imperial que da sentido y soporte a la democracia perfecta, tal y como la entendemos en esta gran nación, que es Méjico.

En todo informe presidencial legítimamente revolucionario se deben indicar tres elementos, mismos que se circunscriben en la esfera de la transformación histórica: 1) la altísima estatura moral del monarca, 2) su denodada preocupación y amor por el Pueblo y 3) la omnipotencia del Estado y su cabeza, el presidente.

Es él, el rey demócrata, quien debe encabezar el avance hacia la dicha popular. Él es estandarte y fusil. Ideal y ejecución. Bandera y nación. El presidente mejicano es dueño de la historia. Su boca transmite el aliento del tiempo.

El miércoles 1 de septiembre de 1971, por ejemplo, Luis Echeverría inició su primer informe con estas prodigiosas palabras: «A través de los informes presidenciales se enlaza el testimonio histórico de la República». Siguiendo con fidelidad a uno de los próceres más emblemáticos de la revolución social, el presidente López Obrador mencionó cinco hechos inéditos hasta hoy: 1) dinero enviado por migrantes («el monto más alto de la historia»), 2) inversión extranjera en seis meses («la cifra semestral más alta de la historia»), 3) afiliados al IMSS («la cantidad más alta registrada en toda la historia») y 4) dinero público destinado a «becas estudiantiles» («algo nunca visto en la historia de Méjico»). El quinto hito histórico merece mención aparte. En un alarde más de su genialidad retórica, lo reservó para el final de su alocución. Es una joya de histrionismo y oratoria:

«No dejan de existir, ni queremos que desaparezcan las protestas legítimas de los ciudadanos ni los reclamos de nuestros adversarios, los conservadores que se oponen a cualquier cambio verdadero y están nerviosos o incluso fuera de quicio. Sin embargo, no han podido constituir un grupo o facción con la fuerza de los reaccionarios de otros tiempos. Además, están moralmente derrotados, porque no han tenido oportunidad de establecer un paralelo entre la nueva realidad y el último periodo neoliberal caracterizado por la prostitución y el oprobio, que se ha convertido en una de las épocas más vergonzosas en la historia de México».

De nuevo hoy, como lo fue en aquellos días de renovación revolucionaria, el recinto donde el laudado presidente brinda al pueblo de Méjico su tercer informe de gobierno es –literalmente– una extensión de su alcoba palaciega.

Al asomar el alba del domingo 1 de septiembre de 2019, el jerarca enjugó su rostro divino, se enfundó en su ropaje democrático y salió de su recámara para dirigirse al patio de su palacio. Ahí lo esperaban sus leales súbditos y los empresarios contritos. Fue breve y puntual. Indicó sus evidentes logros. Hizo chascarrillos. Nombró –y, al nombrarlo, lo absolvió– al fiel patriota Manuel Bartlett. También nombró a Carlos Bremer, nomás que no estaba.

Y en cada palabra pronunciada por el presidente López Obrador resonaron las que aquél otro 1 de septiembre dirigió al pueblo Luis Echeverría:

«México ha vivido tres grandes revoluciones a las que debe su estabilidad, su progreso y su carácter nacional. Por ello, no confundimos los motines intranscendentes ni la política subterránea con la auténtica transformación del país. Somos una nación en pleno desarrollo, cuyas instituciones protegen, tanto las libertades del individuo como el bienestar de la colectividad y cuya paz interna es la mejor defensa de su soberanía».

(Transcripción íntegra del primer informe de Echeverría)

@ProfesorDoval

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