Independencia

Independencia
Foto: Twitter Gobierno de México
Profesor Doval

«El cura Hidalgo de las escuelas, en el momento en que abre la boca para dirigirse a los fieles ya tiene en la mente un panorama exacto de lo que va a resultar del lío en que se está metiendo: un México independiente, mestizo, con expropiación petrolera y reforma agraria.»
Jorge Ibargüengoitia
Nuevas lecciones de historia. Revitalización de los héroes.

El carácter de esta gran nación, que es Méjico, consiste en la ineptitud. Somos imbéciles. Sin embargo, también somos muy orgullosos. Dicha combinación es perniciosa y constituye el único obstáculo para acceder a lo que se conoce como civilización. Voy a tratar de explicarme.

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Nuestros mitos fundacionales son una loa al fracaso surgido de la incompetencia. El primero es la construcción de la ciudad encima de un lecho lacustre, a partir de una superstición, según la cual la capital del imperio debía de alzarse en el sitio donde hubiese un águila devorando a una serpiente.

El segundo es una lucha encarnizada por defender privilegios improcedentes, que es la llamada Conquista. En efecto, Moctezuma y sus secuaces pretendieron una connivencia con Cortés y sus secuaces. Al final, el resentimiento y sed de venganza de los pueblos vecinos permitieron la victoria de los españoles. ¿Qué recordamos los mejicanos como gran gesta de esta etapa? Que a Cuauhtémoc le quemaron los pies.

El tercer episodio también bascula en torno a la derrota. Un malogrado movimiento de españoles privilegiados para sacudirse la posibilidad de ser súbditos de Francia y perder sus privilegios. Los insurgentes terminan peleados y su alzamiento, frustrado. Al final, todos son fusilados. Nuevo fracaso por incompetencia. De hecho, la consumación de la independencia en 1821 concluye con el fusilamiento de su promotor Iturbide.

Nuestros héroes son como nosotros: ineptos. Pero el orgullo es su principal cualidad. Es lo que comúnmente conocemos como «ser sentido». Este rasgo impide que el mejicano sea consiente de su ineptitud y, en vez de corregirla, se vuelve rencoroso. Rencoroso e inepto. El esfuerzo en Méjico es demoniaco. Vivimos adorando al fracaso. Las madres mejicanas no cesan de inculcarlo: deja que gane: pobrecito. Hicimos de la victoria una cerveza y, del triunfo, unas tiendas nacotas nacotas.

Numerosos expertos coinciden en que este tramado constituye el soporte de nuestra identidad mejicana, una compleja mezcla de inseguridad, violencia y torpeza. Por ello, nuestro patriotismo es un intento por esconderlos, en vez de corregirlos. Para nosotros, ninguno de estos defectos es una tara, sino un signo nacional, un distintivo patrio. Ocultamos la ineptitud tras la indiferencia o la magnanimidad. No es que no pueda, es que no quiero. Igual hacemos con el rencor, que para nosotros es orgullo y amor propio. La torpeza no es tal, sino ingenio. La inseguridad, cortesía. La violencia, arrojo y valor.

José Alfredo Jiménez recogió en sus canciones estos complejos. El estribillo «te vas porque yo quiero que te vayas, a la hora que yo quiero te detengo» es la síntesis perfecta de nuestra idiosincrasia. Ella no se va porque él sea un inútil buenoparanada, sino porque él así lo ha decidido. Él – su dueño magnánimo– no quiere detenerla, qué si no…

Es precisamente el estruendo del mariachi la máscara definitiva tras la que ocultamos nuestra subnormalidad. Nos escondemos tras los chillidos proferidos por una horda de barrigones armados con guitarras y trompetas. Nuestra máxima celebración nacional es un grito porque vivimos de espaldas a la civilidad. El alarido de viva Méjico, cabrones es el signo insuperable de nuestra voluntaria permanencia en la barbarie.

Como ocurre cada año, septiembre es el escenario donde alardeamos nuestra inferioridad moral. Miramos de nuevo al cielo oscuro, donde brilla el salvador de la patria en turno. Otra vez, como cada septiembre, confirmamos que somos rebaño dócil, huyendo del enorme peso de la responsabilidad que supone ser verdaderamente independientes.

@ProfesorDoval

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