Juntos haremos historia (otra vez)

Peje Historia
Foto: Twitter Expansión Política
Profesor Doval

Dicen que hay muchísima molestia en Buckingham por una escena de la tercera temporada de The crown. Una doncella entra en la habitación de la madura reina Isabel II y empieza a correr cortinas mientras lanza un buenos días todo flemático. Es la mañana del jubileo por los 25 años en el trono. La monarca, sale de la cama real y bebe un sorbo de té real que otra doncella le dejó en la mesita de noche. La reina se levanta y camina. En la siguiente escena, la cámara escondida en el piso apunta a la puerta entreabierta del baño real, donde se ve a la reina, sentada en el escusado real, echando una meada real.

Todo es mentira. Es netflix. La señora no es Isabel II, sino Olivia Colman. Tampoco estaba orinando. La historia se parece mucho a estos relatos, en los que ahora nos dejamos media vida.

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La historia es de quien la cuenta. Contiene más verosimilitud que verdad. Sus versiones y formas varían según el relator. Por ejemplo, un día, unos señores se inventaron que la ciudad que gobernaban había sido fundada en el lugar hasta donde había llegado una cesta con dos niños, que un asesino a sueldo no se atrevió a matar y deposito en el canasto, que a su vez puso en el cauce de un río, hasta que el mentado moisés quedó en una orilla y una loba se topó con los escuincles y los crió. Uno de esos dos niños fundó Roma. Nosotros tenemos la historia del águila y su herpetofagia, el nopal y el lago.

La historia suele presentarnos personajes recubiertos por un halo de pureza o maldad irreales. Nosotros somos expertos en crear personajes históricos ridículos que son unos canallas de poca monta o unos santos inmaculados. Nezahualcóyotl, Juárez y Zapata pertenecen a este segundo grupo. Esta gente es intachable. Nadie imagina a Juárez tirándose un pedo ni a Zapata vomitando luego de una guarapeta brutal durante la que violó a tres quinceañeras de Anenecuilco.

En el primer grupo, el de los malditos, lloran entre fuego ardiente los siguientes seres nauseabundos: Fernando VII, Juan de O’Donojú, Maximiliano y su mujer, Miramón, Mejía, Porfirio Díaz y Fausto Alzati.

La Patria reconoce a sus hijos esclarecidos mediante el uso de sus preclaros nombres para calles y plazas públicas. Excepto en Ciudad Neza, nadie en esta gran nación, que es Méjico, vive en la calle Victoriano Huerta.

La historia se usa para mitificar. Para crear ángeles y demonios. Todo supinamente ridículo.

La mitificación de la revolución de 1910 es el relato fundacional del siglo XX en esta gran nación, que es Méjico. Mi generación, por ejemplo, cree que Zapata, Madero, Villa, Carranza, los hermanos Flores y Aquiles Serdán eran uña y mugre –en el caso de Carranza, él sólo era uña– y que confabulaban hermanados para derrocar a Díaz.

Plutarco Elías Calles fue el genio que sistematizó la retórica de la revolución. Luego de quitar del camino a Álvaro Obregón, Calles eliminó la barbarie con la creación del PNR y comenzó a repartir el país entre los generales, para premiar o para que no le dieran lata.

Durante su presidencia y mientras estaba exiliado en España, Martín Luis Guzmán publicó El águila y la serpiente, la más representativa de las historias míticas de la revolución. Guzmán fue el primer director de la comisión nacional del libro de texto gratuito en 1959, cuando los licenciados habían desplazado a los generales.

La historia se venía contando coralmente, sin más versiones que la salida de palacio nacional. El PRI –nieto del PNR de Calles– había logrado que todos creyéramos que hasta Hidalgo era miembro del partido. La cohesión narrativa de la revolución era sólida y perfecta. La historia monolítica daba forma a nuestros héroes. El 20 de noviembre resplandecía como fecha iniciática de nuestra gloria institucional, política y cívica.

Cuando en 1977 se aprobó la reforma que abultó la cámara de diputados en 400 ganapanes, fue necesario dejar el palacete de Donceles –donde apenas cabían los 186 inútiles de entonces–. En 1981, José López Portillo inauguró el bodrio ese, en cuyos muros está la nómina de nuestra historia. Ahí se aglutinan entidades, quimeras, hombres y mujeres indistintamente, al margen de sus respectivas ideologías y caracteres.

Cuando Vicente Fox llegó a la presidencia, la historia mejicana titubeó. En Insurgentes y Altavista, en el DF, se colocó una estatua de Maquío. Oh, herejía. Los ídolos cambiaban. Pero el viraje no duró mucho y poco tiempo hubo para escuchar una versión distinta a la salida del palacio nacional.

Ahora, en el morenato, las cosas han vuelto al cauce revolucionario. Como dueño del nuevo tiempo, el Señorpresidente Andrés Manuel López Obrador ha reivindicado los laureles de honor del movimiento de 1910. Para empezar, la erre de revolución aparece en las siglas de su partido político como regeneración.

Con la habilidad de Calles, el Señorpresidente ya empezó a restituir la fantasía revolucionaria y recuperó el brillo que el 20 de noviembre había perdido. Faltaría más. También le devolvió al ejército su función de milusos omnipresente. Por supuesto, recuperó para el IMSS las gestiones de entretenimiento teatral que los neoliberales le arrebataron (ya hasta se estrenó un montaje protagonizado por un general de la revolución: Felipe Ángeles, asesinado en medio de las refriegas entre carrancistas y obregonistas).

El Méjico del siglo XXI se construirá a partir de la historia de la revolución de 1910, una guerra civil que institucionalizó la corrupción, la revancha, la división social y la arbitrariedad jurídica. Es el año 1 del morenato. Como dice Martín Luis Guzmán al final de su novela, ¡qué grande es Méjico!

@ProfesorDoval

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