Algo anda mal en Palacio

Algo anda mal en Palacio
Foto: Twitter Juan Ignacio Zavala

En política no poder manejar una crisis genera una más grande. El Presidente no lo entiende. Ve la crisis que generó su gobierno en Culiacán y cree que es una embestida de sus adversarios. Nadie ha colaborado tanto y tan entusiastamente en esta crisis que el propio Presidente, que no logra salir del tema que lo persigue desde hace semanas. Lo que no sabe es que, muy probablemente, lo perseguirá años.

El Presidente está rebasado por un problema que no ha podido controlar. Sus reacciones ya son preocupantes. Van de la rabia al delirio. En menos de quince días se definió como un humanista, se ha comparado con Jesucristo por “defender a los pobres” y ha insinuado los planes de un golpe de Estado para quitarlo de la Presidencia. Palabras presidenciales en estos días: canallas, bozal, perros, genocidio, Franco, Huerta, Pinochet, Hitler. Nada bueno puede salir de quien tiene en la cabeza retumbando esas palabras.

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Cada quien su Waterloo, cada quien su Culiacán. A López Obrador le llegó muy rápido una crisis de gran dimensión con lo sucedido en la capital sinaloense. Tener los reflectores encima es muy bonito cuando todo va bien, pero cuando algo anda mal, los propios reflectores lo agrandan. En estos primeros diez meses de gobierno ha quedado claro que el Presidente es el centro no sólo del gobierno, sino de la vida pública. Él ha jugado y fortalecido ese papel. Controlar los problemas es una de las más arduas tareas del gobernante. Enfrentar el debate político, la cotidianidad mediática, ha sido una de las fortalezas del candidato y del presidente López Obrador. Sin embargo, el tema del crimen organizado es completamente diferente. La acción criminal no depende de la voluntad presidencial. Nadie en su sano juicio le desea al gobierno un problema como el que sucedió en Culiacán. Más allá de filias y fobias políticas, a nadie sensato le interesa vivir en un país en el que el Estado sea suplantado por el crimen.  Pero el Presidente no lo ve así. Cree que el problema es de la prensa y de lo que él llama “los conservadores”. Para él no existen los delincuentes, no los menciona, le da miedo mencionarlos. Prefiere exponer a un militar que mencionar a un criminal. Lo mismo le da decir que cuenta con la lealtad del Ejército que denunciar la gestación de un golpe en las filas militares.

No hay tal idea de golpe en ningún lado más que en el patético entorno presidencial. Lo que hay es una patente incompetencia en la nueva clase gobernante. La cascada de errores en las que el Presidente, solito, se ha metido ha sido pavorosa. No hay día que no la ahonde con algún despropósito. No cuida sus palabras, ataca a los medios, dice que el Ejército participaba hasta hace poco en exterminios, considera traidores a la patria a sus enemigos, vive en paranoia con lo sucedido hace más de cien años. Cuando podía tener algo de calma, un sábado, la emprende en las redes sociales con un mensaje absolutamente desproporcionado, en el que lo mismo cita a un asesino militar, que al repugnante genocida nazi o al dictador chileno. Es curioso que quien ganó hace apenas un año con más de treinta millones de votos acuda ahora a llamar la atención sobre posibles complots en su contra. En un tuit dejó en claro que está aterrado por lo que pasó, que está desesperado porque se mete en problemas todos los días, porque le falla la estrategia, porque pensaba que todo era usar el carisma, y no sólo eso, de paso banaliza el genocidio. Algo no está bien en el Palacio presidencial.

Columna publicada en El Financiero el 04/11/2019

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