AMLO y sus renuncias

Germán Martinez Carlos Urzúa
Foto: Twitter Sin Embargo MX

Descifrar a López Obrador no es fácil. Es un político complejo que columpia entre el dogma y el pragmatismo, entre el misticismo y la ambición mundana. A pesar de ser el político más conocido es, también, el más inasequible del espectro. La trayectoria del eterno candidato algo dice de su tenacidad. Sus reflejos ante las crisis revelan cierta aversión a los riesgos. Su entorno sugiere un altísimo aprecio por la lealtad antes que por la capacidad. Pero los distintos rasgos que ha dejado dispersos en décadas de actividad política no permiten reconstruir el rostro del personaje. Cualquier imagen que se tenga de López Obrador es sólo un retrato impreciso, borroso, transfigurado de su personalidad. Un espejo que refleja sólo lo que nos deja ver.

No es casualidad que López Obrador provoque emociones tan radicales. Es un hombre político que suscita devoción o animadversión. Para unos es el mesías encarnado y para otros un perverso dictador en potencia. Esos extremos parecen ser los mundos en los que López Obrador se siente cómodo. Ser amado y temido, pero siempre mejor temido que amado, como recomendaba Maquiavelo en su manual sobre el poder. Si la política es la elección de un personaje, sólo cabe la condición de protagonista o antagonista. Cualquier otro rol es huida o complicidad. Y es que López Obrador es un artista de las caracterizaciones. Un mago que aparece y desaparece en dramáticas ejecuciones y golpes de efecto. El camaleón que imanta a las masas y seduce a las élites. El hombre que absorbe el poder pero que al mismo tiempo lo desprecia. El combativo justiciero que come en paraderos rurales y el atento anfitrión de los poderosos. El duro orador y el amable conversador. El apóstol de la austeridad y el fariseo del capricho. Un maestro del difícil arte, ese sí difícil, de la adaptación.

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Ningún biógrafo, crítico o apologista había logrado develar las entrañas sicológicas y políticas de López Obrador. Dos cartas han dicho más que cientos de páginas de forcejeos especulativos sobre el hombre detrás del mito. Las renuncias de Germán Martínez y de Carlos Urzúa muestran crudamente al líder social que los cautivó y, al mismo tiempo, al gobernante que los decepcionó. Son advertencias prematuras, desde dos perspectivas diametralmente distantes, de la manera en que López Obrador entiende al poder y al gobierno. Trazos crudos de una personalidad que fascina y consterna.

El anhelo igualitario, dice Germán Martínez, es incompatible con el conservadurismo hacendario. La cuarta transformación tenía que desembarcar necesariamente en la península de la tecnocracia. No para sustituir un burócrata por otro, sino para alterar la orientación del gobierno como aparato de poder. El fin del neoliberalismo, dice el director del Seguro Social, empieza por diluir el monopolio de los técnicos de decidir sobre las prioridades de lo público ¿Qué otro propósito tiene la política sino es la de someter la inevitable escasez a la razón pública democráticamente deliberada y sancionada? Para Martínez, la primacía de la política que el candidato ofertaba con aquella consigna de elegir a un presidente y no a un gerente, es frase hueca cuando el presidente permite que la racionalidad de la eficiencia, ese frío cálculo entre costos y beneficios económicos, se imponga sobre el imperativo de la justicia.

El desprecio por la evidencia, al rigor técnico, a las restricciones, advierte Urzúa, conduce a los desastres. Para el economista del Tecnológico de Monterrey, la política económica exige moderación, cautela, responsabilidad, prudencia. La política contamina de “extremismos” a la economía, de derecha o de izquierda. La Secretaría de Hacienda no es la plaza en la que se resuelven las aspiraciones de justicia de una sociedad, sino la bóveda en la que se custodia la confianza, la estabilidad y los equilibrios. En su renuncia al cargo, el cuadro técnicamente más sólido de esta administración añora al político pragmático que corregiría la decisión del aeropuerto, que repensaría la construcción de la refinería Dos Bocas, que matizaría la ilusión porfiriana del tren maya. Al hombre fuerte que pondría orden en su gabinete para evitar reproducir el síndrome corruptor del conflicto de interés. El hábil y sagaz socialdemócrata que reconciliaría, por fin, al Estado con el mercado.

Germán Martínez y Carlos Urzúa renunciaron por la misma razón: el barco al que se subieron no va al puerto que el capitán les prometió. Conocieron en campaña sólo una faceta de la personalidad poliédrica de López Obrador. Una de sus tantas caracterizaciones. Y a ninguno, por cierto, engañó.

Columna publicada en El Financiero el 15/07/2019

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