El gobierno y la marcha de la locura

El gobierno y la marcha de la locura
Foto: Twitter Juan Ignacio Zavala

Los eventos de la semana pasada revelaron serios problemas en el gobierno lopezobradorista en materia de coordinación, planeación y ejecución, así como en la toma de decisiones en la cual el Presidente no atina a decirnos, a más de una semana de los hechos más violentos, en qué consistieron sus decisiones más allá de tratar de enmendar un error que ellos mismos cometieron. A ello hay que sumarle uno de los más deficientes manejos de crisis comunicacionales que hayamos visto en décadas. Más de ocho días después no parecen estar de acuerdo entre ellos y seguimos enterándonos por goteo de todo lo que pasó.

En un libro, un clásico, que vale la pena tener siempre a mano, La Marcha de la locura, de Barbar Tuchmann (ed. FCE), la autora menciona cómo hay errores en la toma de decisiones que se repiten a lo largo de la historia sin importar si se trata de antiguos Papas o de Nixon, hay un patrón en ciertas conductas para decidir. En muchas ocasiones en los errores del gobernante se mezclan la soberbia, la ambición, la incompetencia. El gobierno de López Obrador ha entrado en el callejón oscuro de las decisiones difíciles y parece haber dejado atrás los días felices en que todo era la palabra presidencial. Dejo al lector algunos subrayados del libro citado para que saque sus propias conclusiones.

- Publicidad -

“La testarudez, fuente del autoengaño, es un factor que desempeña un papel notable en el gobierno. Consiste en evaluar una situación de acuerdo con ideas fijas preconcebidas, mientras se pasan por alto o se rechazan todas las ideas contrarias. Consiste en actuar de acuerdo con el deseo, sin permitir que nos desvíen de los hechos. Queda ejemplificada en la evaluación hecha por un historiador, acerca de Felipe II de España, el más testarudo de todos los soberanos: ‘Ninguna experiencia del fracaso de su política pudo quebrantar su fe en su excelencia esencial’”.

“Toda adaptación es penosa. Para el gobernante es más fácil, una vez que ha adoptado una casilla política, permanecer dentro. Para el funcionario menor, que cuida su puesto, lo mejor es no hacer grandes olas, ni presionar con pruebas que el jefe tenga renuencia a aceptar. Los psicólogos han llamado “disonancia cognitiva”, al proceso de analizar una información discordante, disfraz académico para que “no me confundan los hechos”. La disonancia cognitiva es la tendencia a “suprimir, glosar, rebajar, o alterar cuestiones que producirían un conflicto o “dolor psicológico” dentro de una organización”. Hace que las alternativas sean “rechazadas ya que hasta el pensar acerca de ellas entraña conflictos”. En las relaciones de subordinado y superior dentro del gobierno, su objeto es el desarrollo de una política que no perturbe a nadie. Ayuda al gobernante en su pensamiento parcial, definido como “una alteración inconsciente en la estimación de probabilidades”.

“Una vez más, carácter fue destino. Impulsado por las pasiones de Vietnam, el carácter de Nixon y el de los socios que él reclutó hundió a su gobierno en el deshonor que quitaría todo respeto al gobierno. La desgracia de un gobernante no es gran cosa en la historia universal, pero la desgracia de un gobierno es traumática, pues el gobierno no puede funcionar sin respeto”.

“La inercia o el estancamiento mental –el hecho de que gobernantes y políticos mantengan intactas las mismas ideas con las que empezaron– es terreno fértil para la locura”.

“Los gobernantes justificarán una decisión mala u errónea diciendo que, como un historiador y partidario suyo escribió sobre John Kennedy, “No tenía opción”, pero aunque dos opciones puedan parecer iguales, siempre hay la libertad de hacer un cambio o de desistir o de seguir un curso contraproducente si el político tiene el valor moral de ejercerla. No es una criatura víctima de los caprichos de dioses homéricos. Y, sin embargo, reconocer el error, reducir las pérdidas, alterar el rumbo es la opción que más repugna a quienes ejercen el gobierno”.

Columna publicada en El Financiero el 25/10/2019

Te puede interesar: El Presidente humanista