El mejor trabajo del mundo

Peje puebleando
Foto: Twitter David Agren

Las jornadas laborales del Presidente constituyen un periplo de situaciones que dan para no aburrirse nunca.

Me decía un amigo al que, fraternalmente, llamaré un obseso del trabajo, que nuestro Presidente tiene “el mejor trabajo del mundo”. Me parece una afirmación excesiva, pero desde cierto punto de vista no está del todo lejos de la realidad. Veamos su día a día:

Sí, está lo de reunirse a primerísima hora con el Gabinete de Seguridad y luego la sesión de stand up en Palacio Nacional, dos palizas autoinfligidas que se diría impropias de quien pasó 18 años en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales.

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Pero tiene sus muchas compensaciones.

Especulo, por supuesto, pero imagínate que, como es normal en cualquier actividad profesional, por llamarla de algún modo, surgen tensiones, inconformidades, enojos. ¿Que el secretario de Salud sigue sin abrir la boca? ¿Que Poncho se puso medio imprudente? ¿Que Marcelo anda demasiado protagónico? ¡Bum!

Levantón de las cinco de la mañana y a sentarse en esas sillitas como de festival de fin de curso en la primaria, a escuchar lo que tienes que decir, frente al tribunal implacable de la patria.

O al revés: ¿que necesitas tu dosis de calidez, de simpatía, y, de paso, mandar un mensaje de incorruptibilidad? “Citen para mañana a Irma y al licenciado Bartlett, por favor”.

¿Y luego de la mañanera? Bueno, en general es difícil saber qué hace el primer mandatario el resto del día. Hay desayunos y comidas siempre copiosos, claro, o, más raramente, cenas, como aquella con empresarios.

Así que después del madrugón y –espero– un coyotito para cargar pilas, qué tal un buen plato de chilaquiles con, por ejemplo, Monreal. O un puchero. Platillos rigurosamente patrios, pues. Nacionalistas. Y ya.

A veces hay una reunión vespertina con presidentes, embajadores o empresarios, te echas un tuit con foto para comunicárselo a la parte del pueblo bueno que tiene acceso a internet y fin de la jornada.

Luego –me gusta imaginarme–, beis en la tele, con una buena botana, antes de cenar y de irse a dormir temprano. Y así hasta el viernes, cuando toca ir a pueblear, en desafío al coronavirus, o sea, a los conservadores, y entre el amor de los tuyos, espontáneo u obligado, como el de la niña del mordisco en el cachete.

“Cien mil pesos, chofer, vuelos ilimitados en líneas comerciales, longaniza de 16 mil pesos en la mesa… No es tanto, pero ¿qué empresa te aguantaría durante seis años, con esas jornadas de trabajo y sobre todo con esos resultados?”, dice mi amigo.

Bueno, sí. Desde esa óptica, no hay defensa posible, con un menos dos de crecimiento previsto, con el Insabi para detener al Coronavirus (otra forma de decir: miel, limón, el suéter que te tejió la abuela y a aguantar vara), con los feminicidios, con Pemex peor que nunca y con el crimen organizado a sus anchas.

Pero, miren, veamos el vaso medio lleno: ¿lo preferirían más activo, o sea, tomando más decisiones?

Columna publicada en El Heraldo de México el 18/03/2020

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