El presidente y los símbolos

El presidente y los símbolos
Foto: Twitter Rodol Fifí

Que el presidente gobierna con símbolos, dicen algunos, y lo dicen a manera de elogio. Hombre, sí. El presidente hace incluso más que eso.

Que el presidente gobierna con símbolos, dicen algunos, y lo dicen a manera de elogio. Hombre, sí. El presidente hace incluso más que eso: es una fuente inagotable, un río caudaloso de símbolos. 

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Es simbólico plantarse frente al avión presidencial justo cuando llegamos a 44 mil muertes por una pandemia manejada con las patas, cuando la violencia rompe récords y cuando la crisis pega ya con crueldad, a falta de lo peor. Aunque también hay una carga simbólica en que, antes, insistiera en promover la rifa entre protestas contra los feminicidios, como que pidiera hace un par de días que porfa no interrumpieran con lo de Hanna.

Es simbólico que se refiera al avión como “faraónico”. Porque puede que lo sea. Pero los faraones eran ante todo personas que tiraban fortunas en construcciones gigantescas a su mayor gloria; construcciones, sobra decir, inútiles. Quién sabe: si su época hubiera sido otra, en una de esas a los Ramsés y los Tutankamón les daba por los aeropuertos y las refinerías.

También, ya que hablábamos de la pandemia, serán simbólicas dos que tres de las fotos en las que aparece inaugurando alguna de esas obras y es la única persona sin cubrebocas, en el país de los 44 mil muertos y sumando. 

Más símbolos con probable posteridad: sus licencias beisboleras en momentos de particular zozobra. Recordemos que otros dos o tres líderes continentales con especialidad en bancarrotas tienen imágenes parecidas en el acto de “fildear y macanear”: Chávez, Castro…

Para no hablar de Palacio Nacional mismo, como dije antes. ¿Se imaginan esas fotos, esos videos entre óleos y dorados enceguecedores, mientras el país se iba a negativos de 10 o 12 en el PIB y cientos de miles de personas se sumaban a las filas de la pobreza?

Claro que no es esa la carga de significado que el presidente vaticina para sus símbolos, en ese incansable mirar por su consagración histórica; no se imagina los símbolos en manos de sus detractores, pues. Pero aquí, me parece, caben dos apuntes.

El primero es que al presidente, tan hábil para la maniobra distractora, el beis y algunas otras cosas, no se la dan muy bien, en cambio, las predicciones. Digo, íbamos a crecer al 4%, y tuvimos un menos dos en el año previo a la pandemia, y a ser autosuficientes en el asunto petrolero, con el resultado conocido (lean el devastador “El nombre de AMLO no quedará escrito en ley tras de oro”, publicado hace unos días por Héctor de Mauleón). Justo por eso, cada vez que dice que está confiado en que la “reactivación económica” empezará el mes que viene (“no importa cuándo leas esto”: primero que en julio, ya vamos por agosto…) uno, caray, se pone a temblar.

El segundo, como debería saber el hombre destinado a representar la nueva izquierda que acabó por entrarle a la campaña de Trump, es que uno nunca sabe para quién trabaja.

Columna publicada en El Heraldo de México el 29/07/2020 

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