El virus y el Estado

El virus y el Estado
Foto: Twitter Roberto Gil Zuarth

Un virus que nace en China y en menos de tres meses recorre más de 160 países, es el síntoma de nuestro tiempo. La globalización no es sólo la forma contemporánea del comercio, de la información y el conocimiento, de las transacciones financieras, de los mercados. Es la nueva dinámica de los riesgos: intempestiva, imprevisible, salvaje. Es realidad que no se deja gobernar, porque escapa a las tenazas de la autoridad. El aleteo de una mariposa que provoca un ciclón del otro lado del mundo.

Las crisis de la globalización, así en plural, han relevado la debilidad de la gobernanza supranacional y, también, el empequeñecimiento progresivo del Estado-Nación. El terrorismo, el cambio climático, la bancarrota financiera y ahora la pandemia rebasaron pronto los resortes de la autoridad de los Estados, pero sobre todo la capacidad de gestión de todas las construcciones institucionales creadas en el último siglo para gobernar el nuevo espacio común. La mundialización de los riesgos opaca la eficacia del poder político para ordenar las relaciones humanas. Ese vacío es colmado por esos poderes salvajes a los que aludía Luigi Ferrajoli en un ensayo sobre la vulnerabilidad de las democracias para imponer su dominio, para proteger a las personas, para garantizar la cohesión social. Los capitales desbocados, las organizaciones criminales trasnacionales, los monopolios tecnológicos desvanecen la existencia misma de la cosa pública: esa plataforma compartida en la que existimos como iguales. Es la anarquía de lo incontenible. La ley de la selva global. El imperio de los más fuertes, de los mejor dotados, de los que disponen para sí de los recursos esenciales para la subsistencia de todos.

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La resaca de la crisis financiera de 2008 reanimó el nacionalismo como terapia colectiva a la incertidumbre y a la zozobra. Los neopopulismos surgieron precisamente en el contexto de la incapacidad del Estado para contener los saldos del cambio económico y social que trajo consigo la globalización, sobre todo desde que se aceleró la revolución tecnológica. La falta de respuestas políticas a las emociones e insatisfacciones por la precarización de la vida y la desigualdad, alimentaron las narrativas de encierro en los lazos de sangre, de pertenencia, de lengua o identidad nacionales. La contracción del estado de bienestar, como consecuencia del paradigma global de la austeridad para sortear la crisis económica, ha profundizado la desconfianza en las respuestas supranacionales y explica la tracción del reflejo nacionalista. Ese es el ecosistema de Brexit, del renacer de las derechas xenófobas, de los pulsos independentistas, de los Trump, los Bolsonaros, entre un largo etcétera.

Es probable que la ferocidad del Covid-19, y en especial las desastrosas consecuencias económicas que dejará a su paso, den nuevo impulso a la ‘desglobalización política’ del mundo. La pandemia y la recesión que se avecinan difícilmente serán gestionadas eficientemente desde el déficit de gobernanza que padece el espacio supranacional. Como hemos podido advertir en la crisis sanitaria, el Estado-Nación sigue siendo el actor relevante en la contención de los riesgos de nuestra realidad líquida. El Estado se reposiciona en sus instrumentos de acción política: las administraciones que ejecutan medidas y prestan los servicios públicos esenciales; las técnicas de gestión y de política pública; el imperio relevante que se ejerce sobre un territorio determinado para contener libertades o restringir a los mercados. Serán los Estados, en la dimensión de sus soberanías, los que, al final de cuentas, tratarán con el virus, con sus daños y consecuencias.

López Obrador bordó sobre las costuras de reponer la autoridad del Estado frente a los poderes salvajes. Su intuición era la correcta: el interés público es el resultado de la capacidad de la autoridad de mediar e imponerse sobre los intereses en plural. Pero en el desempeño del gobierno ha confundido la autoridad del Estado con el capricho del Presidente. Más allá de la amenaza a usar las palancas de la coacción, cancelando proyectos e inversiones, vendiendo el avión o haciendo cenas de recaudación, muy poco ha hecho para devolver al Estado, como personificación de la razón común, su centralidad. Por el contrario, se ha ocupado denodadamente en sepultar parte de la institucionalidad lograda en la larga travesía de la democratización. El Presidente no se propone aún edificar un Estado renovado, sino que mira su legitimidad en el espejo retrovisor.

Sortear el virus y la inevitable recesión económica requiere reformar al Estado. Robustecer su fiscalidad, hacer sostenibles sus responsabilidades sociales, mejorar su capacidad de respuesta a los problemas, ampliar su presencia en términos de bienes y servicios públicos. Integrarse al mundo desde sus vocaciones y fortalezas. Antes que el virus mate al cuerpo social. O surja entre nosotros quien capitalice políticamente el contagio.

Columna publicada en El Financiero el 23/03/2020

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