La muerte del Oscar

Parasite
Foto: Twitter Rolling Stone

No creo ser el único que pasó una jornada de triste aburrimiento con los óscares, lo que implica una cierta paradoja, porque las películas en competencia eran, por el contrario, de un nivel muy alto. Digo, no cualquier año aparecen, juntas, Parásitos; 1917, una joya de dirección y fotografía, aunque al servicio de una historia bastante fofa; El irlandés, la despedida brillante de un puñado de clásicos; Joker, con sus trampas; y Mujercitas, entrañable y cargada, elegantemente, de espíritu libertario y lecturas feministas.

En cambio, la ceremonia deja la sensación de que un viejo lucha inútilmente por adaptarse a los nuevos tiempos; la sensación de que alguien, o muchos “alguien”, son cada día menos capaces de entender lo que pasa. Está el hecho de que las audiencias televisivas no dejan de caer, un fenómeno común, sí, del que sin embargo se salva, por ejemplo, el Super Bowl, y no la Academia. Porque es cierto que las generaciones más jóvenes ya no ven televisión, pero en cambio el interés por el cine está lejos de menguar, y esos muchos alguien no atinan a aprovecharlo. Está la irrupción de las plataformas, de Netflix concretamente, que esos alguien tampoco parecen digerir. Y está el triunfo de la corrección política y la solemnidad. En mi opinión, no funcionó lo de prescindir de un conductor, porque, de Bob Hope a Ricky Gervais —que nos dure mucho—, esos conductores marcaban un tono entre cáustico y de plano manchado, que era necesarísimo. Sí, nos gustaba oír a Gervais burlándose de la doble moral y las pretensiones de elevación ética de sus colegas, como nos gustaban las mordacidades contra el presidente en turno. Se acabó. Las pretensiones siguen ahí, pero nadie les sale al paso. Sé que el discurso de Joaquin Phoenix, merecido ganador por ese papel en Joker, fue muy aplaudido. Y sí, tocó asuntos impostergables. Pero esa seriedad casi depresiva, ese tono de trascendencia… Uf.

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¿Son los Oscar un cadáver, como sentencian algunos? No creo. Pero los síntomas son malos.

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Me llama la atención mi amigo Daniel Krauze sobre una excepción en ese páramo de cursilería y seriedad: Olivia Colman. Como siempre, tiene razón. Ella también, que nos dure mucho.

@juliopatan09

Columna publicada en Milenio el 11/02/2020

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