La profecía de Efraín González Morfín

La profecía de Efraín González Morfín
Foto: Twitter Roberto Gil Zuarth

En nuestra peculiar transición a la democracia, los partidos políticos llegaron primero que la libertad y la eficacia del voto. No había juego limpio ni árbitros imparciales, pero sí contendientes que aparentemente disputaban el poder. La tensión acumulada entre la crisis estudiantil de 1968 y la elección en solitario de López Portillo en 1976, forzó al régimen de partido hegemónico a decidir su estrategia de apertura y de relegitimación políticas. La virtud de la reforma reyesherolista de 1977 fue que logró introducir dosis de pluralidad en los espacios de representación, sin poner en riesgo la condición mayoritaria del partido de Estado. La creación de un sistema de partidos no auténticamente competitivo alentaría a las corrientes contestatarias y de protesta a mantenerse dentro de los márgenes de la institucionalidad. Ofrecería incentivos tangibles para optar por la participación electoral, aun de forma testimonial. El monopolio a postular candidatos, el financiamiento público, el acceso a los medios de comunicación social y, especialmente, los primeros diputados de representación proporcional hicieron que la competencia leal dentro del sistema no fuera de suma cero. Las elecciones fraudulentas salpicaban, al fin de cuentas, gotas de poder.

Efraín González Morfín desentonó dentro del PAN con el optimismo aperturista. A su juicio, la reforma atribuía apariencia de poder a los partidos de oposición, particularmente al PAN, pero nunca decisión eficaz. Sin auténticas garantías del voto, el nuevo sistema de partidos era sólo un artificio para crear socios en el propósito de la perpetuación del grupo faccioso en el poder. Congruente con la posición abstencionista que encabezó lúcidamente dentro del partido, González Morfín argumentaba que la reforma desataría un activismo electoral que a la postre legitimaría el ambiente antidemocrático en el que el régimen se reproducía. Concurrir obligatoriamente a las elecciones, como preceptuaba la reforma, no forzaría al gobierno a respetar los resultados electorales, sino a normalizar el fraude. Participar electoralmente, aun a cambio de espacios de representación, implicaba convertirse en cómplice.

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Pero la preocupación mayor de González Morfín se centraría en las consecuencias que la reforma traería para la vida interna del partido. En su discurso de renuncia al PAN en 1978, Efra Chico sostendría que la reforma política introducía un perverso sistema de incentivos a la corrupción, al “desbordamiento de ambiciones” y la captura facciosa. Los subsidios públicos al partido y a sus candidatos crearán una dependencia inaceptable al dinero y abrirán oportunidades a la corrupción. Las diputaciones plurinominales destruirán la solidaridad interna del partido por una distinción anticipada entre candidatos triunfantes y candidatos derrotados. Peor aún: el apetito por esas diputaciones pondrá al partido al acecho de intereses particulares, internos y externos. El estímulo de pertenencia no será más la identidad, sino el botín del dinero, las candidaturas y las curules seguras. La domesticación de la oposición, de la crítica y el sometimiento del liderazgo germinará en la zona de confort de partidos mimados.

La profecía de González Morfín parece haberse cumplido. Sin duda, la apuesta por un sistema de partidos fuerte facilitó la gobernabilidad, el gradualismo reformista y las alternancias pacíficas. Pero el protagonismo que la transición depositó en los partidos ha derivado en una oligarquía de las burocracias, de los grupos o coaliciones de poder dentro de los propios partidos. Son esos grupos los que determinan la forma de la representación política, a través de la falsificación de la vida interna de estas organizaciones. Cada vez con más dinero y prebendas, honran el pacto tácito de no dejar entrar nuevos retadores y de sofocar el estímulo ciudadano de participación. El régimen de partido hegemónico se ha sustituido por una democracia de cofradías en las que capturar a un partido es la vía para decidir los tonos de la pluralidad.

La crisis de las democracias contemporáneas es una falla de la representación. La alternativa que los populismos plantean a la democracia representativa es, como dice Nadia Urbinati, la personificación directa de los deseos y los intereses del “auténtico pueblo”. La revitalización de la democracia, por tanto, pasa necesariamente por la reforma de los partidos. Una reforma desde fuera que repiense el paquete de privilegios que la reforma de 1977 les concedió.

Columna publicada en El Financiero el 08/02/2021

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