La renuncia

Medina Mora
Foto: Twitter Juan Ignacio Zavala

A fuerza entró, a fuerza salió. La sorpresiva renuncia del ministro de la SCJN, Eduardo Medina Mora ha dado para todo género de comentarios y especulaciones. Resulta difícil de entender que uno de los escasos mexicanos que tenía garantizado un trabajo extraordinariamente pagado para los próximos diez años, deje el empleo de manera súbita. Esta decisión, mientras no sea clarificada, estará sujeta a especulación y rumores que solamente abonarán a la ya de por sí mala imagen de Medina Mora.

El paso del ex ministro por la política comenzó con el siglo en la administración de Fox, de ahí en adelante ocuparía puestos de alta relevancia, sin importar si se trataba de gobierno del PAN o del PRI.

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Medina Mora encajaba perfecto en esa definición reciente conocida como “prianista” (aunque personalmente creo que sus afectos eran más de corte priista). Su último encargo, ministro de la Suprema Corte De justicia de la nación, estaba diseñado para atravesar tres sexenios. Por alguna razón que no alcanzo a comprender del todo, diversos gobiernos lo favorecieron con altas responsabilidades (fue embajador en Gran Bretaña y en Estados Unidos). Peñista de cepa, fue puesto como ministro en medio de fuertes reclamos de la opinión pública.

En pocas cosas se entercó tanto el presidente Peña Nieto como en hacer ministro a Medina Mora. El resultado de esa imposición está a la vista.

Por supuesto que el gobierno de AMLO lo tumbó. Pero no fue producto de grillas o maniobras politiqueras. Hasta donde se sabe hay investigaciones muy serias en torno a fuertes cantidades de dinero cuyo origen no son del todo claras.

Si algo se le debe exigir a quienes ocupan el más alto cargo de la justicia es honestidad a toda prueba y eso se debe comprobar en sus ingresos y modo de vida. Si esto no es así, se le hace un bien al país realizando las investigaciones que procedan.

Quien decide sobre las vidas de los demás tiene que ser sujeto a escrutinio constante y riguroso, y quien no lo resista no puede estar en esa responsabilidad pública.

Del ahora renunciante no se conocen grandes discursos ni una fuerte formación ideológica o partidista, su carrera como político –muchos años se desempeñó en la iniciativa privada– tuvo más que ver con ciertas lealtades personales que con la pertenencia a un partido en específico o el apego a cierta doctrina.

Al parecer era un hombre eficiente en los encargos y con una enorme capacidad para transitar de un lado a otro, solo así se entienden los puestos que tuvo siempre en el más alto nivel. Por lo mismo era conocida la vinculación que tenía con círculos de poder, en lo que el presidente López Obrador denominaba la “mafia del poder”.

Su presencia en la hoy llamada “boda de la ignominia” en una mesa de amigos, generó reclamos e indignación justificada y marcó con claridad cuáles eran sus afectos.

Por otra parte era claro que la cuarta transformación no sólo no le tenía ningún tipo de estima, sino que lo señalaba como enemigo y lo consideraba una expresión de la corrupción y las malas mañas del pasado (todavía no sabemos cuáles son las mañas actuales pero es muy posible que sean similares a las de antes).

Más allá de la envestida presidencial contra personas, empresas e instituciones que no son de su agrado y las ganas de formar una corte a su antojo, lo cierto es que Medina Mora no es defendible.

El PAN y la Coparmex en su antilopezobradorismo han cometido la pifia de salir a dar la cara por alguien que representaba varias de las lacras de una clase política decadente.

Columna publicada en El Financiero el 07/10/2019

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