Los límites del humor

Ricardo O’Farril
Foto: Twitter Univ_Espectaculos

Dirán que de lo que se trata antes que nada es de reírse, pero la buena comedia, el humor real, deja siempre algo más, una especie de segundo sabor de boca.

Hace unos días, el comediante Ricardo O’Farril recibió una andanada de insultos por un sketch, al parecer antiguo, en el que se permite hacer un chiste sobre la pedofilia

Le dieron con todo, sí, por las razones de siempre, es decir porque ese horror lo tenemos permanentemente al lado, y porque bueno, es la semana en que descubrieron muerta, violada, torturada a Fátima, esa niña de siete años que nunca se nos va a olvidar.

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En respuesta, un buen número de comediantes se lanzaron a las redes en defensa de su colega, con argumentos que vale la pena atender y que tienen que ver no –significativamente– con la calidad del chiste de O’Farril, sino con la naturaleza misma de la comedia, con la esencia del humor y con sus límites, si es que los tiene. 

¿Los tiene? La stand up comedy asegura que no. Que explorar los extremos, incomodarnos hasta grados impensables, meterse a nuestras zonas oscuras, no es solo un divertimento, sino una manifestación de la inteligencia y una forma de conocernos en profundidad. Es cierto. Ricky Gervais, al que tanto se echó de menos en los infumables óscares de este año, es vulgar, es misantrópico y es genial: nos arroja una versión sonrojante y divertidísima de nosotros mismos, es decir, los seres humanos. 

Algo parecido intenta Louis CK, por ejemplo, con sus bromas sobre el aborto en un espectáculo que pueden ver en Netflix, francamente insoportables en su violencia verbal y en mi opinión nada graciosas (tengo buenas y brillantes amistades que me van a odiar por decir esto). 

Tal vez la versión más poderosa de esta forma de entender la comedia sea Nanette, de la australiana Hanna Gadsby, que es de plano una redefinición de la stand up, un punto y aparte. Porque sí, empiezas con risas incómodas, por el retrato salvaje del machismo, no sé si decir más ampliamente “de lo masculino”, que hace Gadsby –nos machaca–, y terminas con lágrimas por ese retrato autobiográfico doloroso y a fin de cuentas entrañable, amoroso, comprensivo. 

Pero es que hasta ejercicios misóginos y prepotentes como Raw, de Eddie Murphy –sorprende verlo ahora y descubrir las cosas inadmisibles de que nos reíamos hace 30, 35 años–, atinan a dejarte algunas carcajadas culposas y alguna idea girando en la cabeza, como pasa desde luego con el que en muchos sentidos es su reverso, Jerry Seinfeld, que hace de la aparente ñoñería una forma refinadísima de la malignidad y el absurdo.

Dirán que de lo que se trata antes que nada es de reírse, y es cierto, pero también lo es que la buena comedia, el humor real, deja siempre algo más, una especie de segundo sabor de boca. O`Farril no consigue ni lo uno ni lo otro. En efecto, el chiste es malo y grotesco; los límites que sí tiene el humor son los del talento. Pero sus colegas están en lo correcto: tiene derecho a seguirlo intentando.

Columna publicada en El Heraldo de México el 23/02/2020

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