Mujeres: la verdadera transformación

Mujeres: la verdadera transformación
Foto: Twitter Juan Ignacio Zavala

María Magdalena Keverich, madre de Beethoven, se quejaba con una vecina por los sufrimientos del matrimonio y el pesar que acarreaba ser mujer –se le habían muerto dos hijos– y dijo una frase contundente: “una debería llorar cuando llega al mundo una niña”.

La frase de la madre del genio atravesó los siglos y sigue vigente. Tan solo esas palabras debieran ser motivo de vergüenza para todos. Lo poco que hemos avanzado mientras que, por ejemplo, la medicina ha conseguido logros enormes –hoy en día con unas gotas se evitaría la sordera de su hijo Ludwig–, la ciencia, la tecnología, la llegada a la Luna, los increíbles alcances del cuerpo humano, de la voz, de los virtuosos en la música, de la química, de la física, de los estudios de la mente humana. Tantos avances para seguir lamentando un mundo que no puede proteger a las niñas y que siguen acarreando los lamentos de la madre del genio de Bonn.

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En México hemos visto esta semana cómo la indignación de las mujeres ha dinamitado los muros que las rodean. La fuerza femenina está en movimiento y, felizmente, no parece que exista algo a la mano que pueda detenerla. Estamos ante una verdadera transformación que ya está dando un giro al comportamiento alrededor de ellas.

Se trata no solo de atender las causas de la injusticia, con proyectos y políticas públicas concretas –cosa que al Presidente le irrita de sobremanera–, sino de cambiar una educación, una cultura arraigada en el maltrato a las mujeres, que cada paso que se logre será gigante. Habrá generaciones que no lo entiendan, a las que le cueste adaptarse –sobre todo a hombres, porque las mujeres de cualquier generación no tendrán problema, muchas de ellas pasaron toda su vida esperando un cambio en ese sentido.

Esa tradición cultural, esa manera de crecer creyendo que las “convicciones” con las que una creció son las correctas, forman parte de un patrón de conducta para que el Presidente no ceda ante la complejidad del problema. Además de su conocida tozudez, él no gusta de adaptarse a lo nuevo, al contrario, le gusta el pasado, su mirada se ilumina cuando ve para atrás, hacia delante todo lo ve nebuloso. Como en muchos temas, no sabemos muy bien qué cosas piensa el Presidente respecto de las mujeres y su situación actual. Sabemos de las evasivas que ha dado, de que todo le parece una campaña en su contra, que las feministas rechazan su afán moralizador y que le ofende que le pinten las puertas de Palacio Nacional. Sabemos también que dijo que él era “respetuoso de las mujeres…las mujeres merecen ir al cielo”. Es el tipo de respuestas que tiene siempre ante problemas complicados: algo de moralina, de sermón de parroquia cuando no un chistín con afán de parecer gracioso. Por eso ahora que se le exigieron respuestas concretas prefirió irse a esconder en sus frases hechas contra los conservadores. Pero no se ha dado cuenta que no enfrenta un colectivo determinado, un partido, un adversario sino a un enorme grupo de la sociedad cuyo hartazgo es de décadas. Nadie ha dicho que lo que sucede es su culpa, pero los ciudadanos tienen todo el derecho de esperar de su líder, hayan votado por él o no, algo más que evasivas, por lo menos solidaridad. La realidad es más necia que el Presidente.

Todo parece indicar, y ojalá así sea, que la frase soltada por la madre de Beethoven deje de ser realidad pronto en este país. Así debe ser, cueste lo que cueste. Esa transformación, esa sí, le urge al país.

Columna publicada en El Financiero el 21/02/2020

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