Por qué somos bizarros

México Bizarro
Foto: Twitter Martha Debayle

Suelen preguntarme qué nos hace un país particularmente bizarro, en el sentido que mi camarada Alejandro Rosas y yo le damos al término en un libro que publicamos, México bizarro: lo absurdo, lo surrealista, lo grotesco, lo estrambótico. Mi respuesta es que no, no somos un país especialmente bizarro. Todos lo son en potencia, y muchos lo son de hecho. Piensen si no podríamos hacer una enciclopedia del bizarro gringo, con Trump a la cabeza, o del ruso, con Putin como primera figura. Lo que nos ha permitido escribir dos volúmenes llenos de bizarrería mexa es lo que la propicia en todo el mundo: que se puede. La impunidad. El ejercicio del poder sin contrapesos. Castro criaba vacas en una azotea del barrio del Vedado, al lado de su departamento con pista de boliche y cancha de básquet, porque podía. Leónidas Trujillo y su corte tenían una vida sexual de nobles romanos justamente por eso, igual que el “presidente” de Turkmenistán, Berdimujamedov, se mandó hacer una estatua ecuestre de oro macizo porque a él nadie le tose.

No es una casualidad que la literatura latinoamericana haya retratado tal vez como ninguna la vida feliz de los dictadores. Eso es El otoño del patriarca, de García Márquez. Eso es La fiesta del Chivo, de Vargas Llosa. También y sobre todo, eso es Tirano Banderas, del español Valle-Inclán, que se inspiró en buena medida en Obregón, al que conoció en estas tierras. Historias de desmesura, de impudicia, de descaro. Historias de un ejercicio cínicamente excesivo del poder. Porque el bizarro es un síntoma. Cuando se multiplica, cuando pulula, es que un país se dirige al autoritarismo, o ya está ahí.

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Tomemos nota, sí. Porque aquí, con una sonrisa cínica, sin inmutarse, se hace trampa en una votación en el Senado, se celebra el no crecimiento económico como un triunfo, se construyen aeropuertos en los que no podrán aterrizar aviones y se pasea a un tiranuelo como Evo entre escoltas militares. Del culto a la personalidad ya ni hablamos.

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Tendremos que citar de nuevo a Ibargüengoitia: “Si alguna semejanza hay entre esta obra y algún hecho de nuestra historia, no se trata de un accidente, sino de una vergüenza nacional”.

@juliopatan09

Columna publicada en Milenio el 19/11/2019

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