Recuerdo de Eniac

Eniac Martínez
Foto: Twitter Diego Prieto

Eniac Martínez se fue en estos días. Su nombre quedará ligado a la fotografía en México. Profesional brillante en su trabajo, Eniac puso en alto ese oficio sin el cual el periodismo sería una hoja con letras, y que nos permite ver casi cualquier objeto o situación desde una perspectiva diferente. Eniac fue maestro de una gran cantidad de fotógrafos y siguió fiel a su oficio. Pocos días antes de su muerte todavía armaba exposiciones sobre su trabajo, como una manera de decir que el oficio de fotógrafo sigue vivo por personas como él, que lo mismo recorría con pasión un bosque que un basurero con el ojo abierto y el dedo alerta.

Por el ojo de Eniac pasó de todo: los paisajes y las profesiones, el ave que vuela, el hombre que se droga, el policía que vigila, la mujer que se maquilla, los actores de una película, las ilusiones del político en campaña, el deportista esforzado, la mirada del otro y la propia que recuerdan, en su trabajo, el verso de Machado: “El ojo que ves, no es ojo porque lo ves, es ojo porque te ve”. Así Eniac nos miraba y miraba por nosotros.

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Hijo de un político relevante, desde los 70 Eniac vivió realidades distintas que lo fueron moldeando para convertirlo en un testigo profesional de todo. Muy joven acompañaría a su padre a la embajada de México en el Chile de Pinochet, país en el que le tocó sacar con vida y trasladar a México como lugar de residencia a una gran cantidad de chilenos. También el trabajo del papá llevó al joven Eniac a Cuba. Como la generosidad no es algo que necesariamente otorgue dividendos, un cincuentón Eniac acompañó a su padre moribundo y abandonado por los tantos que ayudó en una cama de un hospital público de la ciudad. Pronto Eniac quedaría huérfano, condición dolorosa a la edad que sea.

Conocí a Eniac cuando yo tendría unos diez años –aunque se dude era mayor que yo– y él era, junto con otros jóvenes, mi coach en Pumitas, dónde ambos jugábamos futbol americano. El tiempo nos juntó de nuevo, unos veinte años después, en un proyecto con quien fuera su gran compañero, Francisco Mata. Y algunos años más tarde, obviamente ya sin pelo y con ciertas marcas de la edad, nos reencontramos nuevamente por el deporte. Sus amigos del futbol americano se volvieron a reunir para correr y me invitaron –ya me veo de su edad– a participar en un simpático grupo de rucos que jugaron americano de niños y que ahora encuentran cualquier pretexto para reunirse. Lo hicimos algunos años. Hicimos unas seis carreras en Estados Unidos de 300 km por relevos. Era un día y medio corriendo por turnos. Y ahí estaba Eniac con nosotros. En el primer tramo que hizo no podía creer que había llegado antes que el del otro equipo, estaba feliz. Ya luego le dijimos la verdad: que llegó antes porque el otro idiota se había perdido en los bosques de Minnesota y casi llega a Canadá. En fin, no es la idea ventanear a nadie aquí, pero eran unos viajes que disfrutábamos enormemente: amistades de décadas que se lanzan a una nueva aventura que les signifique el deporte que por tantos años practicaron. Nos divertíamos mucho jodiéndonos como si fuéramos jovencitos, y concluíamos las carreras agotados pero contentos y dándonos una hidratación básica con la bebida conocida como “Charro Atleta”, una mezcla de Gatorade con tequila.

Eniac fue nuestro compañero en esos viajes, las carreras y los entrenamientos, como lo fue para muchos durante toda la vida. Y es que viajar y correr nos hermanaba tanto como los tochitos y los juegos de jóvenes. Platicar con él siempre era un disfrute por su cantidad de viajes y temas; beber con él requería de un alto espíritu deportivo y de un aguante físico casi de cosaco. Fue un amigo entregado, un gran compañero. Como buen equipo ya nos juntaron los capitanes para correr el año que entra una carrera en honor a Eniac. A ver cuántos llegamos. Por lo pronto Eniac ya corre solo y lo alcanzaremos, ironías de la vida, también por relevos. Un abrazo a todos los suyos.

Columna publicada en El Financiero el 02/08/2019

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