Semana 1

Foto: Anastasiia Chepinska on Unsplashpg

Las cuarentenas, como los años nuevos, nos mueven a proyectos personales ambiciosísimos, como rutinas de ejercicio, de autocontención y, por supuesto, de nuevas lecturas.

Las cuarentenas, como los años nuevos, nos mueven a proyectos personales ambiciosísimos. Proyectos de ejercicio: “Ahora sí voy a probar esa combinación de yoga y crossfit”. De autocontención: “Nada de whisky de lunes a viernes”.  Y de lectura, claro. Ya saben: 

“Semana 1: los liberales clásicos (buscar en formato digital ediciones anotadas y en lenguaje original).

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Semana 2: siglo XIX ruso. Primera escala: Laguerra y la paz.

Semana 3: economía básica (consultar a Isaac Katz y Macario Schettino para lecturas fundamentales).”

O, incluso, proyectos de lectura y escritura. “¿Y –te planteas– si mientras desarrollo esas lecturas, llevo una especie de diario o bitácora con reflexiones, citas, referencias a otros libros? Podría compartirlo cada domingo con los lectores de El Heraldo…”

Bien, terminado el año, o la cuarentena en este caso, la bitácora, si uno tiene un compromiso con la verdad, tendría que decir algo así:

“Semana 1. No sabía que hubiera tantas series de zombies. Me ronda esta pregunta: ¿hay límites para el placer que provoca ver cráneos reventados y/o rebanados y/o perforados? ¿Debería sentir culpas, aunque sean cráneos de muertos vivientes? A propósito, qué bien saben las palomitas con salsa Valentina cuando te las comes con cuchara”.

Esto viene a cuento porque, caray: mea culpa. Esta semana quería arrancar con una profunda reflexión sobre la libertad, derivada de una libro apasionante que leí hasta llegar a un… 18%. Pinches zombies.

Luego, más humildemente, pensé en ofrecerles mi relectura de Fahrenheit 451, la muy conocida distopia de Ray Bradbury, que al parecer será ampliamente reeditado so pretexto de que cumple 100 años de nacido. Tenía ganas de descubrir si había envejecido bien. Si Guy Montag, el bombero que ya no quería quemar libros, aguantaba el paso del tiempo con músculo, como aguanta en pie, por ejemplo, todo el entramado de 1984, esa otra antiutopía, la de Orwell. Bueno, la lectura avanzó en un, calculo, 14%. 

Así que les recomiendo Kingdom. Es coreana, está en Netflix, tiene unas batallas buenísimas y hay muchos, muchos zombies. Acaban de estrenar la temporada 2, que me receté como un obseso, con el argumento autoinfligido de “Puedes hacer ejercicio mientras ves dos capítulos”, cosa que no ocurrió: ganaron las palomitas con Valentina. Si eres de los que no ha visto la primera, regálate unos días divertidos de enclaustramiento (no muchos, me temo). 

Dos observaciones. La primera: me parece que no, no hay límites para el placer que provocan los cráneos reventados. La segunda, en el rango de lo práctico: el V8, que por sí solo es buena cosa, no, repito: no es un buen sustituto del Clamato. En mi próxima salida al súper –rápida, con cubre bocas, con gel en el bolsillo– tengo que aprovisionarme. Prometo hablarles de Bradbury la semana que viene.

Columna publicada en El Heraldo de México el 22/03/2020

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