Aproximaciones para saber por qué insulta el presidente

Peje insultos
Foto: Twitter Proceso

Sobrevivientes quiere hacer su aportación a los resortes y razones que suponemos los mexicanos que mueven a nuestro presidente. Aquí la contribución de Juan Ignacio Zavala.

Porque no conoce otro discurso y le da resultados. El presidente lleva dos décadas con un discurso que no cambia el tono. Es un discurso rijoso y altanero que le ha permitido encauzar el coraje ciudadano ante solos abusos, las ineficiencias y la corrupción. En alguna ocasión quiso cambiar – se entiende que a sugerencia de otros- y trató de presentarse sonriente y bondadoso. No le dio resultado. Lo suyo es el enojo y la descalificación. Lo tiene muy armado, le sale natural y se acopla a su personalidad de padre castigador. Por lo tanto ¿para qué probar otro? Algunos presidentes, como en el caso de Fox, cambiaron su estilo de discurso de candidato y prácticamente se descafeinaron. AMLO no quiere entrar en el molde presidencial que lo aleja de su manera de comunicarse, no quiere verse presidente, a él lo que le gusta es seguir siendo líder.

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Porque no mide el peso de sus palabras. Esto sería el anverso de la aproximación anterior: acostumbrado durante casi dos décadas a hablar de una forma, a manejarse de una manera específica, el presidente cree que lo que dice se queda volando en el viento y se va tan rápido como salió. Por supuesto sabe que es el presidente, pero no parece encontrar la diferencia entre señalar a alguien siendo candidato desde una plaza en Perote a como presidente dejar caer su dedo acusatorio sobre determinada persona. Este aparente problema para establecer fronteras con las palabras, ha generado problemas muy serios en la vida de algunos ciudadanos mencionados en esa suerte de patíbulo nacional que son las conferencias de prensa mañaneras. A la mejor al presidente le divierte generar zozobra en algunos de sus adversarios ideológicos, pero quizá tampoco mide el daño que causa. La afectación no solamente de la imagen pública del señalado sino hasta problemas laborales y personales que generan acusaciones de ese tamaño.

Porque es un “majadero”. En efecto el presidente suele tener un comportamiento del que las tías fifís de hace unos años enmarcaban en la conducta propia de “un majadero”. Esto es, un tipo de educación rudimentaria, toscos modales y que para todo tiene listo el insulto y la grosería a manera de respuesta en cualquier tema que le resulte incómodo. Así, la manera de relacionarse con los demás parte del miedo que en algunos se refleja en viva admiración y en otros auténtico pavor. Como tiene poder, la majadería se convierte en prepotencia y en abuso. El presidente señala quién es enemigo del pueblo, quien es conservador y forma parte de la mafia. No importa el tono en que lo mencione porque para muchos de sus seguidores mientras más rudo y tosco el ataque, más contentos se ponen. De hecho si el ataque es burdo y grosero consigue apoyos más entusiastas. El señalamiento de culpables al gusto de la desgracia nacional, es un deporte que el presidente practica desde temprano en las mañanas. Con le lenguaje “majadero”, provoca a las buenas conciencias, a las “clases acomodadas”, “la derecha”, “los conservadores”. Es como el pelo largo en los jóvenes en las épocas en que aquellos se podía tomar como una forma de protesta, ante la autoridad paterna. El presidente utiliza el lenguaje provocador, el insulto, el comportamiento grosero, para recordar de qué lado están él y los suyos y quienes son los demás: los fífís, los bien portados, los que no insultan a nadie pero abusan de todos. Así, lo “majadero” le paga dividendos.

@juanizavala

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