¿Por qué AMLO insulta? Cinco hipótesis

Sobrevivientes quiere hacer su aportación a los resortes y razones que suponemos los mexicanos que mueven a nuestro presidente. Aquí la contribución de Luis A. Espino.

El presidente López Obrador es, como dijo Gabriel Zaid, “un artista del insulto, del desprecio y de la descalificación”. Pero ¿por qué usa tanto el insulto en su discurso? Aquí cinco hipótesis:

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Desahogo. El presidente llegó al poder en una explosión de descontento. El insulto le ayuda a recordarle al 53% de ciudadanos que lo eligieron el motivo por el que votaron por él: para castigar a quienes creen “culpables” de los males del país. Si dejara de ser el vehículo para el desahogo colectivo, tendría que dedicarse a gobernar y rendir cuentas de sus actos. Para él es mejor ser el eterno candidato, que señala con severidad todo lo que se ha hecho mal.

División. AMLO insulta para mantener dividida a la sociedad, haciendo que la gente discuta los problemas nacionales en términos de una confrontación entre dos bandos opuestos e irreconciliables, y no como asuntos que nos afectan a todos y que debemos resolver entre todos. La polarización le ayuda a mantener activa y energizada a su base dura de simpatizantes, a intimidar a opositores y a difundir la propaganda de su gobierno.

Distracción. El presidente insulta para distraer a la sociedad con declaraciones que, por la dureza de su lenguaje y elevada carga emotiva, generan apasionados y estériles debates en torno a sus palabras, y no discusiones racionales en torno a sus decisiones. Esta es una forma muy efectiva para eludir la rendición de cuentas.

Reificación. El insulto es una forma de “cosificar” a quien no piensa como él. Al poner sobrenombres y crear categorías con sus propios términos, sus seguidores no ven a los demás como personas dignas de respeto, sino como algo inferior, que debe ser erradicado. Esto en retórica se llama “reificación”, y en manos del poderoso es una peligrosa arma de propaganda.

Deslegitimación de la oposición y la crítica. Si los opositores fueran todo lo que el presidente dice, entonces no tendrían ninguna legitimidad para gobernar. En ese caso, ¿para qué queremos elecciones? El insulto también le permite al presidente deslegitimar a sus críticos y a cualquier fuente de información –medios, universidades, académicos, calificadoras, organismos autónomos– que ponga en riesgo su autoridad. Si él es el único que tiene datos fidedignos, y si sólo él tiene legitimidad moral para opinar, ¿para qué escuchar a otras voces, leer otras ideas, compartir opiniones y acceder a la información? ¿Para qué pensar, si lo tenemos a él para pensar y decidir por nosotros?

En suma, el presidente usa el insulto como un poderoso instrumento retórico para desahogar, distraer y dividir. Su finalidad es preservar y aumentar su poder, eludir la rendición de cuentas y deslegitimar a la oposición y a la crítica. Insulta porque le es útil para sus fines políticos y de propaganda. Y el insulto, también hay que decirlo, es algo que le encanta. Recordemos que, en una de sus primeras entrevistas en televisión como mandatario, cuando le preguntaron por qué fustiga con tanto celo a sus críticos, el presidente se sinceró y respondió: “porque me genera gozo”. Como dice el proverbio, “de lo que habla la boca está lleno el corazón”.

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