¿Pretende usted insultarme?

Peje fanfarrón
Foto: Twitter Noticias MX
Profesor Doval
Foto: Twitter Profesor Doval

Nada más difícil que insultar. La eficacia del insulto depende del acuse de recibo. Por ello debe ser irresistible. El insulto propiamente dicho no es una bomba de excremento que se arroja sobre alguien para agredirlo. El insulto es una verdad rotunda, innegable. Ahí radica su fuerza y eficacia.

Como sabemos, harta de las vejaciones que Churchill le prodigaba en la cámara, Nancy Astor encaró al gordo colérico y le espetó: «si yo fuese su mujer, le envenenaría el te». A lo que el primer ministro respondió: «si yo fuese su marido, no dude que me lo bebería».

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El insulto requiere elegancia. No es arbitrario ni visceral. Precisamente, su elegancia proviene de su racionalidad. Insultar es como jugar ajedrez. Hay reglas y cierta decencia. Cuando se insulta, se piensa. El insulto es un argumento que pone al insultado delante del espejo. Quien insulta no miente: exhibe.

Sin embargo, hay quien pretende hacer daño a punta de escupitajos. Es la ofensa impulsiva del fanfarrón carente de argumento alguno. En un debate, por poner un ejemplo, el fanfarrón lanza a sus oponentes meras ocurrencias, rimas infantiles pretendidamente graciosas, refranes populares, todo ello empapado de gesticulación y arbitrariedad. Al carecer de ideas, su opción es intentar ridiculizar a su contrincante mediante pataletas infantiles.

El insulto no es el recurso desesperado de quien se ha quedado sin argumentos. La fanfarronería, sí. El fanfarrón es incapaz de dialogar –la principal obligación cívica– y supone que todo lo que no sea un elogio será un atentado de lesa humanidad en contra suya. Dado que carece de actividad racional, para el fanfarrón no hay idea que valga. Su punto de apoyo es el dogma. Él cree que su verdad es la verdad. En la cima de su atalaya, lanza dicharachos y gracejadas con graciosa majestad. Lo mismo da si emplea «tepocatas» y «víboras prietas», que «camajanes» y «chachalaca». Sus proyectiles son exabruptos de sinrazón.

La psicología del mejicano, afirma Samuel Ramos, es la suma de sus reacciones para ocultar un sentimiento de inferioridad. En la discusión pública, el fanfarrón oculta su carencia de argumentos con una lluvia de saliva y mucosidades lanzadas a su oponente. El fanfarrón es el borracho que trata de mostrar su punto apelando al aspaviento y el manotazo.

La deliberación política en Méjico siempre acaba en ese peculiar micorcosmos de la cantina. El presidente no argumenta, grita; el senador no objeta, patalea. Entonces, el insulto, labrado cuidadosamente durante siglos en la tradición occidental y del que Shakespeare es inmejorable catálogo, se transforma en agresión rupestre: chillidos y sombrerazos, clamorosos vilipendios arrojados a quien discrepa. En ese contexto, tienen el mismo valor «el hampa del periodismo» que «el peso está fortachón» que «me canso ganso».

El fanfarrón transforma el insulto –del que Churchill hizo un género parlamentario– en bravata etílica, en puñetazo errático. El fanfarrón subestima a su rival, desprecia sus cualidades y huye de la riqueza dialógica para refugiarse en los equívocos formales de su dogmatismo.

No pienso que el presidente insulte a quien no coincide con él. Los agrede, sí, pero como quien lanza un escupitajo al rostro de su oponente.

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