¿Va a responder Presidente?

Peje Comunicación
Foto: Twitter Joaquín López-Dóriga

El modelo de comunicación del presidente López Obrador consiste en un trabajo disciplinado y perseverante por colocar la narrativa sobre el lugar de su gobierno en la historia del país, de nombrar el antes y después de su arribo al poder, de enunciar las diferencias con el pasado, de identificar y nombrar a los adversarios y de dotar de contenido moral (mucho más que programático) a lo que él ha denominado (y exitosamente colocado) como la cuarta transformación.

La coyuntura que transita en las mañaneras, sirve no para llevar a cabo un ejercicio de rendición de cuentas, sino para recordar principios, hablar de las motivaciones que orientan la acción y, en términos generales, para socializar el marco de interpretación de la política que el presidente tiene en mente y que ha retado el sentido común de las últimas décadas en nuestro país.

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Salvo por el tema de la cancelación del aeropuerto de Texcoco, ningún otro tuvo antes más que unos cuantos días de vida mediática en lo que va del gobierno actual. La vorágine de eventos, acciones y declaraciones del presidente permitía que cada novedad sepultara a la del día anterior.

La comunicación del presidente, en general, había funcionado. Pero ocurrió el operativo con el que se pretendía capturar a Ovidio Guzmán en Culiacán el 17 de octubre y las cosas cambiaron.

Con la maestría que caracteriza al presidente López Obrador como generador de mensajes, llevó el tema del operativo al terreno de los principios y las motivaciones, poniendo el foco en la decisión de liberar al capo, con una frase memorable: “vale más la vida de los ciudadanos que la captura de un delincuente”. Una frase prácticamente indiscutible. 

La frase parecía tener además la virtud de colocar el paraguas narrativo de la estrategia de seguridad del presidente, que hasta ahora navegaba en la confusión generada por dos mensajes contradictorios: por un lado, la militarización de la seguridad; por el otro, la amnistía. Ahora se trataba de poner la vida de la gente por encima de cualquier consideración, dijeron, en oposición a las prácticas del pasado.

Y sin embargo, la comunicación en esta coyuntura falló, y lo sabemos bien porque a 14 días de haber sucedido el operativo, el tema está lejos de llegar a su fin. Para este momento, el operativo de Culiacán representa la crisis de comunicación más grande que ha tenido la actual administración.

¿Por qué apelar a principios y motivaciones no fue suficiente en este caso como sí lo ha sido en otros?

Porque un evento detonado por el propio gobierno, que parte de su diagnóstico y visión, del planteamiento de una estrategia, con una serie de acciones tácticas, una cadena de mando con responsables específicos, en donde se toman decisiones equivocadas que ponen en peligro a una ciudad entera, no puede ser cubierto por el manto de la posición moral que sustenta una, y solo una de las decisiones de este entramado. 

En otras palabras, no fue suficiente porque el fallido operativo de Culiacán es, de principio a fin, responsabilidad del presidente y de su gobierno. Pero el presidente y su gobierno, solo quieren hablar de una parte (la que se inserta bien en la lógica de los principios y las motivaciones) y obviar el resto, que implica rendición de cuentas puntual sobre las acciones. 

Los cuestionamientos iniciales de ciudadanos y medios de comunicación prevalecen. La inusitada transparencia que vimos en la exposición del General Secretario Luis Cresencio Sandoval el día 30 de noviembre, no calmó las dudas y colocó algunas nuevas. 

De ello se ha escrito mucho, pero resalto aquí la pregunta que me parece más importante, ¿qué va a hacer el presidente López Obrador para que los errores cometidos en Culiacán (de visión, estrategia, tácticos, de cadena de mando y humanos) no se repitan? No en un operativo de captura de un delincuente, sino en la implementación cotidiana de la estrategia de seguridad. El país necesita oír al presidente responder.

Si bien este episodio aún no ha terminado, es posible esbozar un posible balance de su efecto en la opinión pública. Quienes quieren defender al gobierno podrán esgrimir dos potentes argumentos: el presidente decidió salvar vidas y su gobierno fue transparente como nunca. Estos dos argumentos funcionarán, en buena medida, porque aunque hay diversas y poderosas críticas ciudadanas, ninguna se está construyendo como una narrativa única, consistente y memorable que se les oponga contundetemente.

Sin embargo, si el gobierno no responde a las preguntas medulares sobre su actuación (y se acaba el tiempo para hacerlo), el resultado será que entre detractores, pero también entre ciudadanos que votaron por el presidente o que aprueban hoy su gestión, quedará inserto el aguijón de la duda sobre tres aspectos nodales del respaldo ciudadano a cualquier gobierno: 1) la veracidad de las palabras del presidente, 2) la capacidad operativa de su gobierno y3) la responsabilidad que asume sobre sus acciones.

Si el presidente no responde, la duda será si tiene las riendas o no de su gobierno, y si va a hacer lo necesario para proteger a la gente en tiempos de gran temor.

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